Magallanes fletó en los muelles del Guadalquivir cinco
naves tripuladas por 234 hombres: no podía sospechar que solo volverían 18, y
que él no figuraría entre ellos. Antes de zarpar, un día de septiembre de 1519,
hizo testamento, obligó a toda la tripulación a confesarse y prohibió que
embarcase ninguna mujer, creyendo con ello que dejaban el pecado en tierra. Y
saliendo por Sanlúcar se dirigieron al sur, pasando por las Canarias y Cabo
Verde antes de poner proa a la inmensidad del Atlántico. Nadie dijo que
iba a ser fácil. Tuvieron mala navegación. Tempestades, marejadas, tormentas
eléctricas que los supersticiosos marinos llamaban el fuego de San Telmo.
Entre vomitonas y lamentos avistaron Río de Janeiro en
diciembre, desde donde continuaron hacia el sur. Eran cobayas náuticas.
Deshaciendo errores continuaron bajando y llegaron hasta la Patagonia, y era
enero y era febrero, y la Antártida ya no quedaba muy lejos, y hacía un frío
del carajo, y las provisiones empezaban a escasear.
Estalló el motín. Cuatro capitanes se rebelaron contra
Magallanes, que se había visto obligado a racionar la comida pero se negaba a
aceptar su fracaso dando media vuelta y regresando a España. Entre los
amotinados se encontraba Juan Sebastián Elcano. El destino le consentiría la
redención, pero de momento hubo que ajusticiar a los cabecillas Quesada y
Mendoza. Elcano se salvó porque Magallanes atisbó algo valioso en él.
Las calamidades se reanudarían pronto. La San
Antonio desertó: llegaría meses después a Sevilla, con barco y sin honra.
La Santiago se estrelló contra las rocas al sur de Argentina. Y aún
quedaba lo peor: internarse por el laberinto de agua y tierra que forma el hoy
conocido como estrecho de Magallanes. Alcanzaron jubilosos las aguas calmas del
Mar del Sur, Pacífico para los restos. Pero la fortuna no viajaba con
ellos ni de polizón.
Durante tres meses no avistaron un solo punto de tierra
firme. El agua provisionada se pudrió. Las galletas se convirtieron en polvo
con gusanos. Serrín y cuero entraron en el menú del día y cada rata se pagaba a
precio de festín: medio ducado. El escorbuto inflaba las mandíbulas de los
marinos antes de matarlos. Cada día había que tirar por la borda un nuevo
cadáver. Era marzo de 1521 cuando llegaron por fin a las islas Marianas, al sur
de Japón. Más allá, Magallanes descubrió Filipinas, así llamadas en honor al
entonces príncipe heredero. No podía sospechar el almirante que en aquel
paradisíaco archipiélago le hallaría la muerte a manos del caudillo Lapulapu.
El luso, fiado de su superioridad militar, no preparó la batalla, se enfrentó a
los nativos tras una caminata agotadora y no calculó bien la munición. El
resultado fue un certero lanzazo en la pierna que lo dejó clavado en el sitio.
Y aquí es donde la historia llama a escena a Juan Sebastián, capitán de la
única nave sobreviviente, pues la Trinidad quedó inservible en las
Molucas.
Nadie antes había atravesado de un tirón el océano
Índico hasta doblar el cabo de Buena Esperanza, para ir rodeando después África
hasta Cádiz sin acercarse demasiado a la costa, de dominio luso. El capitán
calafatea la Victoria y la carga de mercancía, agua y vituallas. Salen
de Timor. Las islas van quedando atrás. Pronto los rodea el agua. Agua a
proa, agua a popa, agua a babor y a estribor. Ni una vela en el horizonte
ni un ruido alrededor, solo el monótono golpe de la espuma contra la quilla.
Transcurren
los días. El mal del mar empieza a trabajarlos. Los cálculos de Elcano se
revelan cortos: tienen víveres para cinco meses. Pasan las semanas y las
provisiones se van agotando. El fantasma del hambre acompaña cada mañana al
marinero descolorido. Bajo la brasa del sol en mar abierto la carne sin salazón
comienza a corromperse. Cuando la pestilencia se vuelve insoportable se ven
obligados a lanzar la carroña por la borda. Les queda el arroz, y les queda
agua. Esa será la dieta cada día. El escorbuto colabora con la hambruna en su
fúnebre tarea de eliminación. Los tripulantes suplican a Elcano desembarcar en
Mozambique, pero el vasco les arenga: «Antes morir que entregarnos a los
portugueses».Penosamente arriban al cabo de Buena Esperanza, donde
una violenta tempestad arranca el mástil de proa y rompe el palo mayor. Reparan
el destrozo como pueden y siguen ascendiendo por el mapa del mundo.
Las cuadernas se desencajan y se abren vías de agua.
Intentan achicarla con una bomba artesanal, pero estamos en el siglo XVI. Lo
único eficaz sería deshacerse de los 700 quintales de especias que hunden el
calado y lastran el avance. Elcano se niega. No han llegado hasta aquí para
volver de vacío. Establece turnos de relevo en las bombas, en el velamen, en el
timón. Sus 17 fieles le obedecen como sonámbulos, «cansados como jamás lo
estuvieron seres humanos». Aguantan porque acarician Sevilla en su delirio.
Y por fin, el 4 de septiembre de 1522, tres años
después de haber zarpado, el júbilo ronco del vigía se hace oír desde la gavia: ha
visto el cabo de San Vicente. Europa. España. La tripulación macilenta olvida
las secuelas de su tormento cuando adivina la veta bendita del Guadalquivir. En
el momento en que Juan Sebastián divisa la Giralda, ordena hacer salvas de
artillería. Toda Sevilla se arremolina para atestiguar el milagro: es la
expedición de Magallanes, que ha regresado. Partieron 234 en cinco barcos: 18
espectros amarillentos descienden de la Victoria. Los reciben los vítores
y las ofrendas de los sevillanos. Una carta de Carlos V les urge para que
acudan a Valladolid, pero Elcano recuerda a sus hombres el voto que hicieron a
la Virgen si salían de aquella: peregrinar a la iglesia de Santa María de la
Victoria y de Santa María Antigua. Y se forma la procesión, los penitentes
descalzos con túnicas blancas, avanzando entre cirios encendidos y seguidos por
la muchedumbre enmudecida.
Elcano mereció del emperador un escudo con una esfera
terrestre y la leyenda Primus circumdedisti me («El primero me
circundaste»). Su cronista de a bordo, Pigafetta, descubrió el jet lag al
darse cuenta, cotejando las entradas de su diario, de que faltaba un día: a
partir de esta constatación los astrónomos concluyeron que si se viaja
alrededor del globo hacia el oeste se pierde un día y que viajando al contrario
se gana. El marino guipuzcoano volvió obsoleta la cosmografía de griegos y
romanos y fijó para siempre la medida de la órbita de la tierra. Puso límites
al planeta y se los quitó a las capacidades humanas.
"Vidas cipotudas" (La Esfera de los Libros),
de Jorge Bustos, a la venta el martes 23 de enero.
El cipotudismo...
...no es más que una variante del cojonudismo
formulado por Unamuno: "El español tiene la mente cojonuda".
El culto al coraje antes que a la inteligencia alumbró
la bravura española, que sustentó dos leyendas: la rosa de los viajeros
románticos y la negra del rencor hispanófobo. De aquel temperamento hoy no
queda mucho rastro: el extinto cipotudismo español ha sido el precio que se ha
cobrado nuestro progreso.
Pero esos jirones de carácter que se quedaron en la
gatera de la historia merecen ser expuestos en un museo, que es este libro.
COMENTARIO: La gloria estaba destinada a España. Primero
descubrimos América y después dimos la primera vuelta al mundo. A ver quién
supera eso. Igual tengo que recordarle a alguno que todo se hizo sin tecnología
punta, a fuerza de coraje y tesón.LA RECORTA…


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