Cuando leí cómo Vargas Llosa hacía referencia a la
fuga de empresas en Cataluña tras elogiar la figura de Tolstoi no pude evitar
recordar una de las célebres frases del autor ruso: «Vivir en contradicción con
la razón propia es el estado moral más intolerable». No pude evitar recordar el
argumento porque, con la realidad vasca como telón de fondo, el secesionismo
catalán ha avivado peligrosos comportamientos en determinados agentes políticos
vascos, comportamientos fundamentados en tremendas contradicciones y en la
promoción selectiva de discursos incendiarios que amenazan la estabilidad de
Euskadi.
El independentismo catalán y el procés han logrado dar alas al
sector más radical del PNV y llevar a la formación nacionalista a un terreno
movedizo plagado de incoherencias interesadas; incoherencias materializadas en
un apoyo a la ilegalidad catalana aderezado con declaraciones institucionales
que dulcifiquen la imagen del partido. Nada más lejos de la realidad.
Preocupa, y mucho, que en plena crisis catalana el
PNV, con responsabilidades de gobierno, esté registrando en los ayuntamientos
vascos un texto que aboga por «respetar y acompañar» la declaración unilateral
de independencia del 27 de octubre, así como de acusar a quienes defienden la
aplicación del 155 de «amputar la representación institucional de Catalunya».
Estas mociones se suman al apoyo público que el PNV, con sus tres diputados
generales y alcaldes de las capitales vascas a la cabeza, brindó a la
manifestación convocada en Bilbao por el hermano pequeño de la Asamblea
Nacional Catalana en Euskadi, Gure Esku Dago. También al voto a favor del lehendakari Iñigo Urkullu en el
Parlamento vasco a favor de la celebración del referéndum ilegal de Carles Puigdemont.
Que el PNV y el Ejecutivo autonómico traten de
blanquear su deriva independentista con apelaciones a la celebración de un
referéndum legal es peligroso en la medida en que el nacionalismo vasco
relativiza la legalidad, pero más peligroso es que desde el constitucionalismo
no saquemos a la luz a tiempo los peligros nacidos de un planteamiento engañoso
y falsario.
Mientras el ex presidente de la Generalitat, Carles
Puigdemont, trataba de internacionalizar su narrativa en Bruselas a finales de
octubre, el lehendakari Iñigo
Urkullu internacionalizaba la incertidumbre con un viaje institucional del
Gobierno vasco a Quebec. Allí se desplazó en plena crisis catalana para vender
como «ejemplo» y «modelo» para Euskadi el proceso soberanista quebequés y los
referéndums de independencia celebrados en 1980 y en 1995 por la región
francófona. Pero, de nuevo, el PNV ocultó a los vascos la verdadera cara de lo
que, a juicio del lehendakari,
debería ser un espejo.
Con menos de un 17% de vascos que hoy abogan por la
independencia, el lehendakari propone
seguir la estela de Quebec, una región que vio a 700 empresas abandonar la
región para relocalizarse durante los mandatos del Partido Quebequés (1976-1985
y 1994-2003), que sufrió la fuga de cuatro sedes de entidades bancarias tras el
referéndum de 1980 y la huida en masa de 37 de las 131 grandes corporaciones
emplazadas en Quebec tras la consulta de 1995. Urkullu, en síntesis, pide
copiar referéndums que acabaron con una sociedad dividida en dos y cuya
población descendió en 600.000 personas durante los procesos soberanistas. Pide
reeditar un proceso que derivó en revueltas sociales, enfrentamientos con la
policía, heridos y detenciones.
El Gobierno vasco defiende hoy el respeto a la legalidad,
sí, pero siempre y cuando esa legalidad no se convierta en un muro contra lo
que el propio Urkullu define como «aspiraciones legítimas» de un «pueblo» que
exige decidir «sobre su estatus de soberanía». Tiene razón Vargas Llosa cuando
habla de Cataluña, pero más razón tenía Tolstoi cuando, sin quererlo, hablaba
del PNV.
COMENTARIO: El PNV se está portando en este caso,
como suele hacer siempre, con cobardía y a ver que saca, sin principios y
pasando de todos y de todo. Algún día llegará que la sociedad vasca, española y
europea sea consciente de este grupo de gente que han ayudado a llevar la
desgracia a muchas familias, para beneficio propio.
LA RECORTA…


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