La historia de un matrimonio de Valladolid: sin trabajo, sin casa y sin apenas perspectivas Esta es la historia que hay tras ese cartel que 'Publico' encontró en las redes sociales y que retrata a un padre de 47 años, con dos hijos en Valladolid, en paro desde 2012 y que acaba de tratar de suicidarse por segunda vez
ALFREDO VARONA. ZARAGOZA. 22/01/2018: Los ojos se clavan en ese
cartel que, desde hace tiempo, circula por redes sociales. Un mensaje letal que
le invita a uno a marcar ese número de teléfono para explicar esa historia y
para conocer dónde está el límite de un hombre marcado por la desesperación.
Pero entonces, al otro lado, aparece la voz de una mujer llamada Nieves, que es
la mujer de Jesús y que confiesa que él no puede ponerse, “porque está
ingresado en el hospital Clínico de Valladolid”.
Son las
consecuencias de un hombre que, desde 2016, llenó Valladolid, la ciudad en la
que viven, con este cartel que después ha llegado a las redes sociales. “No
sé ni cómo ni quién lo puso, porque nosotros no tenemos ni Internet. No
podemos. Sería una factura más a la que hacer frente y hay una palabra,
embargos, que ya nos ha hecho mucho daño. Pretendemos vivir alejados de ella.
De hecho, si tenemos este teléfono es sólo para recibir llamadas, porque hay
veces que no tiene ni saldo. No podemos cargarlos ni con cinco euros”. El
retrato presenta un drama inesperado que hasta 2012, “cuando cerró el
restaurante en el que trabajábamos los dos”, representaba a una familia de
clase media en el barrio de Las Delicias de Valladolid. “Los veranos, incluso,
ahorrábamos para irnos unas días de vacaciones a la playa. Teníamos una vida
normal en la que no podíamos concebir que fuese a pasar esto”. Hoy, sin
embargo, su vida obedece a una derrota que deja muy mal cuerpo. Las heridas son
innegociables en el diálogo de una mujer, “acostumbrada a escuchar que Dios
aprieta pero no ahorca. La diferencia es que yo no imaginaba que pudiese
apretar tanto”,discrepa Nieves, que recuerda que fueron perdiendo todo lo que
tenían, “el coche, la casa, los ahorros”, porque en estos seis años Jesús no
volvió a encontrar trabajo. “Yo sí estuve seis meses en una cafetería y hasta
el año pasado, cuando su familia decidió ingresarla en una residencia, cuidaba
por las noches a una mujer mayor”.
Una tarea que
hoy es imposible lo que ha deteriorado la salud de su marido, golpeado por una
depresión que es como un trago amargo de ginebra y que retrata esas
tiranías de la vida que difícilmente se pueden concebir. Hoy les pasa a ellos,
pero mañana podría pasarnos a nosotros. El futuro no está escrito en ninguna
parte. De ahí que Nieves se agarre a la paciencia, “la única manera de
solucionar este agobio porque no sólo somos nosotros. Tenemos dos hijos
Cristina y Jesús, de diez y once años, que ya se dan cuenta de lo que pasa.
Valladolid es una ciudad pequeña. Los niños en el colegio a veces son muy
duros. Una cosa es que suframos nosotros y otra que sufran ellos. No tienen
derecho a sufrir a esa edad. Te da una rabia que te hace llorar y que luego no
se puede explicar con palabras”. “Es tanto el dolor”, insiste la mujer. “Sé que
del dolor no se obtiene ningún beneficio. Pero todos tenemos orgullo. De hecho,
el último año en el que Jesús se colocaba en la puerta de un supermercado para
pedir se iba a la otra punta de la ciudad”. Allí se imponía el instinto de
supervivencia. “Él pedía comida, nunca dinero, porque creemos que es más
honesto volver a casa con un cartón de leche, con una barra de pan… Vamos hasta
la Cruz Roja, donde nos dan legumbres, arroz, macarrones, qué sé yo, pero
pidiendo.
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