Flandes fue algo así como el Vietnam del imperio
español. Y no, ciertamente, porque nosotros quisiéramos enredarnos allí los 80
años que duró aquella pesadilla. Para entender la guerra de Flandes hay que
deshacer unos cuantos tópicos y otros tantos malentendidos. Lo primero: qué es
el Flandes del que hablan
nuestros libros. Se trata de 17 provincias históricas que
abarcan, aproximadamente, los actuales territorios de Holanda, Bélgica y
Luxemburgo y una pequeña porción del noreste de Francia. Esas
provincias procedían del antiguo condado de Flandes, que data del siglo IX.
Después de varias vicisitudes, toda la zona pasó a los duques de Borgoña en el
XIV. En 1477, por enlaces matrimoniales, fue heredada por la casa de Habsburgo,
los Austrias. Así Flandes termina bajo la soberanía de Carlos I de España y V
de Alemania.
De hecho, Carlos había nacido allí, en Gante, en la
actual Bélgica, y su primer título, con sólo 15 años, fue el de Duque de
Borgoña, soberano en Flandes. Cuando es proclamado rey de España, a partir de
1516, la acumulación de territorios bajo su corona es impresionante: España
(Castilla, Aragón, Navarra, Granada), las Indias, Sicilia (con Córcega y
Cerdeña), Nápoles, el Franco Condado (una rica región del oeste de Francia,
junto a Suiza, también herencia de Borgoña) y, por supuesto, Flandes. Después,
en 1519, será proclamado emperador, lo cual añade a sus títulos todo el viejo
imperio romano-germánico. Todo eso ha de mantenerlo un país, España, cuya
población era la mitad que la francesa. Primer dato importante: no es que
España hubiera invadido Flandes, sino que Flandes formaba parte de la Corona.
Flandes era muy rica y, en torno a esa riqueza, habían crecido poderosas élites locales que
querían hacer valer sus privilegios. Al mismo tiempo, el territorio
representaba un vector geopolítico de primera importancia para el equilibrio de
poder en Europa. Vale la pena coger un mapa y señalar las tres grandes potencias del momento en
Occidente: España, Francia, Inglaterra. Con Flandes bajo su
soberanía, España encerraba a Francia, con la que hacíamos frontera tanto por
el sur como por el este, y además amenazábamos a Inglaterra, porque la corta
distancia entre las costas inglesas y las flamencas hacían perfectamente
factible un desembarco. Ahora bien, a partir de la reforma protestante, con las
consiguientes guerras de religión, la lucha por el poder en
Europa había conocido un recrudecimiento. Hacia 1540 el
calvinismo se había extendido por Flandes. Buena parte de aquellas élites
locales habían encontrado en el protestantismo una forma de expresar su propia
afirmación de poder, en consonancia con los intereses de Inglaterra y
Francia. Así se fueron preparando los
elementos de la tragedia.
Mientras gobernó Carlos, Flandes apenas planteó
problemas. Los flamencos consideraban que era su rey natural, cosa que
efectivamente era. Hubo tumultos protagonizados por los calvinistas, pero
Carlos los reprimió sin mayores consecuencias. Todo cambió cuando Carlos abdicó en Felipe II, su
hijo, en 1556. Felipe heredó Flandes, pero no el
amor de los flamencos. Y aquí empezaron los problemas,
porque la agitación soterrada durante los años
anteriores comenzó a salir a la luz.
Testamentos de soldados españoles desvelan que miles
de ellos se casaron con mujeres flamencas
No es fácil entender por qué empiezan las guerras -por
eso es tan difícil solucionarlas. En este caso habrá una causa formal: los
decretos tridentinos, esto es, las normas derivadas del Concilio de Trento, que
Felipe II, disciplinado hijo de Roma, quería implantar en Flandes. Aquellos decretos implicaban una reducción de
la libertad religiosa, lo cual enojó a los protestantes.
Además, la nobleza local estaba irritada porque Felipe II quería sustituir los
tres grandes obispados de Flandes por 17 diócesis más pequeñas (y más pobres),
con la consiguiente pérdida de prebendas y prestigio. En cuanto a la burguesía
y al pueblo, estaban atravesando años muy duros. Hay que subrayarlo para
entender todo en su conjunto: la guerra entre Suecia y Dinamarca había cerrado
todos los mercados del este, los mercaderes quebraban y los alimentos
comenzaban a escasear. La insatisfacción crecía y los calvinistas la
estimulaban. Añadamos los intereses de las
potencias extranjeras, que azuzaban el malestar.
Contra lo que comúnmente se
cree, la actitud inicial de Felipe II ante estos problemas no fue de dureza,
sino de flexibilidad. El Gobierno de Flandes se le había encomendado a
Margarita de Parma, hija natural de Carlos V, hermanastra de Felipe, asistida
por el cardenal Granvela. Ambos, Margarita y Granvela, tenían que lidiar con
los estados generales, que eran el órgano de representación de la nobleza y la
burguesía flamencas. Cuando los flamencos se pusieron tales, Felipe no dudó en
sacrificar a Granvela para calmar las cosas. Cedió lo que pudo ante la nobleza,
pero Felipe no iba a renunciar a su convicción: él
era el guardián del catolicismo en Europa, como lo había sido su padre.
En 1560 empiezan los problemas. El descontento crece. Seis años después, en
1566, tendrá lugar la primera revuelta. Es la «rebelión de los iconoclastas»,
que fue lo que motivó la llamada de Felipe II al Duque de Alba, el traslado de
un ejército y la consiguiente apertura del Camino
Español. El comienzo del drama.
Detrás de la agitación
calvinista se forma ya el frente antiespañol. La cabeza de la rebelión es un
personaje decisivo: Guillermo de Orange, llamado el Taciturno, en cuya figura se
concentran todas las expectativas, frustraciones y ambiciones de la burguesía
flamenca. Junto a él aparecen dos nobles que habían prestado buenos servicios a
España: los condes de Egmont y de Hornes. Guillermo era el noble más poderoso
de los Países Bajos; aunque de formación protestante, tanto Carlos como Felipe
confiaban en él para que representara a la Corona en Flandes. PeroGuillermo tenía sus propios planes y terminará
convirtiéndose en el peor enemigo de España. Con ayuda de los
protestantes alemanes y en concierto con la Corona inglesa, convierte los
Países Bajos en un avispero. La guerra será, en muchos aspectos, una guerra
civil.
Guerra civil, sí: flamencos católicos contra flamencos
protestantes, valones contra flamencos, flamencos contra holandeses (los de las
provincias del norte), unas ciudades contra otras (y cambiando de bando con
verdadero ahínco)... Añádase que enseguida entrarán en liza ejércitos
mercenarios ingleses, muchedumbres de soldados alemanes, contingentes
franceses... Nunca fue una guerra de españoles contra flamencos. En las filas
de la Corona española formaban millares de valones, flamencos, italianos,
alemanes y hasta jinetes croatas. Por los testamentos de los soldados españoles
sabemos que miles de ellos se casaron con mujeres flamencas. Pero el remoquete
del «enemigo español» hizo fortuna gracias a la excelente propaganda de guerra
de los calvinistas holandeses, y aún la haría más siglos después, cuando
Holanda primero, y Bélgica después, se conformen como naciones. Hoy el flamenco común ve al español como a un
enemigo ancestral. No le han contado que, muy
probablemente, algún tatarabuelo suyo era de Tomelloso.
COMENTARIO: Me ha gustado mucho la exposición de este artículo y,
de hecho, la historia debería explicarse bien, excluyendo todo tipo de visiones
políticas, tanto si beneficia como si perjudica, en cualquier caso fue ya
pasado. No obstante, al final, la conclusión es que todas las guerras son
económicas y las desencadenan los poderosos quiénes utilizan a los pobres como
carne de cañón, de uno y otro bando. El pretexto la religión, que quieren
acabar con nuestra identidad. Creo que solo se trata de proponer, propaganda. LA RECORTA…


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