Hoy el presidente más impopular desde que se hacen
encuestas ha descubierto a alguien a su altura. Una de las primeras decisiones
de Donald Trump
al asumir el cargo en enero fue
encontrar un cuadro de Andrew Jackson, séptimo presidente de Estados Unidos,
para colgarlo en lugar de un óleo de Norman Rockwell sobre un detalle de la
Estatua de la Libertad.
Tenemos muchos testimonios sobre Jackson tomados en su
época. Uno de los más citados es el de una vecina de la localidad en la que
nació, tomado a principios del siglo XIX. “¿Qué? ¿Jackson, presidente?
¿Jackson? ¿Andrew Jackson? ¿El Jackson que vivía en Salisbury? Pero si cuando
estaba aquí era un vividor y mi marido ni siquiera le invitaba a entrar en
casa. Es verdad, se lo llevaba al establo a pesar caballos y luego se tomaban
el whisky allí. Si Andrew Jackson llega a presidente, cualquiera puede serlo”.
La historia ha confirmado las sospechas de aquella
anónima vecina a la que hoy cita un gran volumen de biografías de Jackson,
entre ellas la obra de mayor peso en años recientes: American
Lion, del historiador Jon Meacham. Es cierto, cualquiera puede
llegar a presidente.
No cabe pensar que esta afirmación moleste a Trump,
que en su discurso inaugural prometió que devolvería el
poder “al pueblo americano”. El 15 de marzo hizo un pomposo
peregrinaje a la mansión de Jackson en Tennessee para rendirle homenaje en el
día de su 250º aniversario. Allí glosó su figura y afirmó: “Jackson se enfrentó
y desafió a unas élites arrogantes. ¿Os resulta familiar? Me pregunto por qué
hoy la gente habla tanto de Trump y Jackson, de Jackson y Trump”.
Desde su residencia actual, los días que
no escapa a Florida, Trump
puede ver a Jackson a diario. Frente a la puerta principal de la Casa Blanca se
encuentra desde 1852 una estatua ecuestre del séptimo presidente, alzando su
sombrero al aire con la mano derecha, en un eterno saludo. No podría haber
mejor lugar. Jackson nunca fue un hombre del sistema y, como correctamente
afirma Trump, hizo de las élites políticas su enemigo acérrimo. Fue el primero
en llamarse “presidente del pueblo” y su sitio está fuera de la sede del poder
ejecutivo, a pie de calle. Su quijotesca campaña fue tan exitosa que aún hoy se
denomina al periodo previo a la guerra civil como de la “democracia
jacksoniana”.
La primera vez que ganó unas elecciones, en 1824,
Jackson no logró gobernar porque sus tres oponentes se confabularon y le
arrebataron la presidencia de forma tan legal como sibilina en la Cámara de
Representantes. Con un panorama menos fragmentado y un solo oponente, Jackson
venció de forma mucho más contundente cuatro años después, siendo el primer
candidato del Partido Demócrata moderno.
A partir de entonces, el presidente, elegido por los
votantes, se ha sentido representante del pueblo, con el derecho a tener la
última palabra sobre la legislación que se aprueba en un Congreso sujeto a
intereses territoriales. Un dato: los primeros seis presidentes de EE UU
vetaron nueve leyes en cuatro décadas. Jackson anuló doce en ocho años.
Puede que parezca que la historia se repite con Trump.
Jackson fue un presidente llegado de fuera de Washington que se atrincheró con
su familia más directa en la Casa Blanca entre acusaciones de nepotismo.
Prometió reducir la deuda pública y reorganizar de forma radical el sistema
bancario. Fue recibido con recelo y sus amistades y ministros se convirtieron
en pasto de rumores en un Washington elitista, que nunca le aceptó como miembro
de pleno derecho.
Esa es una parte de Jackson. Hay otra mucho más oscura
que justifica que en el acervo popular no esté a la altura de Washington,
Lincoln o Roosevelt. De hecho, el año pasado Obama ordenó
retirar su efigie de los billetes de 20 dólares. A partir de 2020 su
espacio lo ocupará Harriet Tubman, una esclava que se emancipó y luchó
valientemente por la igualdad de su raza.
Tampoco es muy seguro que a Jackson le hubiera gustado
Trump. Uno de sus proyectos fracasados fue eliminar el colegio electoral, los
538 electores que deciden el resultado de las presidenciales canalizando a través
de divisiones territoriales el voto popular. Es sabido que a Trump le enerva
que le recuerden que él ganó en ese ámbito, pero perdió frente
a Hillary Clinton el voto popular por casi tres millones.
Vistas esas contradicciones, queda claro que Trump no es muy
dado a leer libros,algo que por otro lado él mismo ha admitido. Si
hubiera consultado las muchas biografías de Jackson, no hubiera hecho esta
declaración reciente: “Si Andrew Jackson hubiera vivido un poco más tarde no se
habría producido la guerra civil. Era un tipo duro, pero tenía un corazón
enorme”.
En realidad Jackson murió 16 años antes de que
comenzara aquel conflicto. Y tanto ideológica como moralmente estaba en el
bando equivocado. Es cierto que se enfrentó a algunos Estados del sur cuando
amenazaban con romper la unidad nacional, pero lo hizo por las peores razones
posibles: por una cuestión de impuestos. Ignoró conscientemente el grave
problema ético de la esclavitud y llegó a tener 150 personas de su propiedad en
la misma casa de Tennessee que ahora ha visitado Trump.
Fue también Jackson quien consumó la política de
expulsar a los nativos americanos de sus tierras legítimas, en una campaña de
limpieza étnica que afectó hasta a 46.000 personas y provocó guerras, dolor y
muchas muertes.
Pero claro, eso forma parte de la historia, hechos
acontecidos hace ya tanto tiempo que Trump no puede torcer para endosarles el
calificativo de alternativos.
COMENTARIO: Digan, de paso, que Jackson fue el mejor presidente en
disciplina fiscal además de que fue el único que llevo la deuda del gobierno a
"0" y si bien es cierto que desplazo a los nativos al otro lado del
Mississippi lo hizo con un tratado mediante el cual esos mismos nativos
recibieron provisiones y derechos legales que antes no tenían y evitando
aquellos frecuentes enfrentamientos con los indígenas, trajo a las colonias la
paz necesaria para su desarrollo. Este periodista va de un lado a otro
señalando virtudes en Jackson para decir que Trump no se le parece y luego
defectos para decir que coincide, en fin pura manipulación. Go Trump Make América
Great Again.LA RECORTA…


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