Este relato se basa en entrevistas con 31 miembros del
comité federal del PSOE. No todos han querido aparecer con su nombre, pero sus
testimonios han servido para contrastar dónde estaba el consenso, cuando lo
había. Los hechos descritos aquí están admitidos por sus protagonistas o por
dos fuentes o más. La semana
trágica del PSOE había empezado cinco días antes, el lunes. Quedaban
cinco semanas para la convocatoria obligada de las terceras elecciones
generales tras casi un año de bloqueo. Pedro Sánchez había anunciado ese lunes
la convocatoria de un congreso para sobrevivir como líder con el voto de los
militantes: había poco plazo para otras candidaturas y, con toda probabilidad,
saldría reforzado para intentar formar un Gobierno a última hora o presentarse
a las elecciones —y seguir allí después—. Su bandera era el “no es no” a Rajoy. 17 miembros de la ejecutiva
dimitieron para echar a Sánchez, que a su vez se agarró a los estatutos para
seguir vivo hasta el sábado.
Toda España miraba aquel día al PSOE: de ellos
dependía si habría Gobierno o elecciones. En la entrada
se habían reunido militantes y docenas de periodistas. En los
balcones que dan al patio interior de Ferraz había cámaras. Los miembros del
comité no podían ni salir a tomar el aire porque iban a acabar en la tele. La
gestión de la comida fue también difícil: los menos conocidos iban a tomar algo
y buscar bocadillos para otros. El futuro de España estaba en manos de más de
250 personas cansadas, encerradas y apabulladas.
Los miembros del comité federal, sentados por
federaciones regionales, esperaban a las 9.00 el inicio de la reunión. Toda la
batalla de la mañana discurrió en la mesa del comité federal, formada por Verónica
Pérez, que la presidía, el vicepresidente Rodolfo Ares y Nuria Marín. Pérez iba
con el que entonces era el sector crítico, y Ares y Marín, a favor de Sánchez.
A pesar de esa mayoría 2 a 1, los acuerdos llegaron solo tras horas de
negociaciones. Había tres puntos clave: uno, si los miembros de la ejecutiva
que no habían dimitido seguían en funciones, podían participar y sentarse en el
lugar correspondiente. Se aceptó. Dos, si podían votar. Acabó por aceptarse.
Tres, cómo votar. Este tercer punto se superó solo tras la mayor
batalla campal que ha vivido la sede del PSOE.
La metáfora de la batalla no es exagerada. Los
miembros de la ejecutiva estaban sentados al fondo de la tarima mirando al
resto del comité. Delante de ellos estaba la mesa con sus tres miembros, un
atril. Un escalón por debajo, estaba el resto. Desde abajo, había que tomar el
castillo. No valía todo, pero casi. “Se aprovechó todo el día para el cuerpo a
cuerpo, para presionar”, dice el diputado José Luis Ábalos.
En un receso al mediodía Josep Borrell se acercó a
Pedro Sánchez, cuya postura defendía. Borrell había hablado con Cándido Méndez,
ex secretario general de UGT, el día antes. Se les había ocurrido una solución
difícil pero quizá posible. Sánchez podía proponer una vuelta al principio:
readmitir a los 17 miembros de la ejecutiva dimitidos y desconvocar el
congreso. Poco después, Sánchez se dirigió al atril y lanzó la sugerencia. El
presidente de Aragón, Javier Lambán, saltó de su silla para responder. Hasta
siete fuentes han descrito la intervención de Lambán como “dura”, “maleducada”
e “impertinente”. Fue en términos parecidos a estos: compañero, ya no eres
secretario general, no reconozco tu autoridad y lo que debes hacer es irte.
El propio Lambán recuerda su intervención en un tono
“respetuoso y correcto”, y donde dijo algo con esta elegancia: “Creo que no
tienes ya la condición de secretario general por la dimisión de 17 miembros de
la ejecutiva”.
La confrontación
El ambiente hasta entonces había sido de funeral tenso
con abucheos. Pero hacia
las seis de la tarde, llegó la explosión. Aparecieron los tres
miembros de la mesa y la presidenta insistió en una votación previa pública por
llamamiento que decidiría si la votación definitiva sobre el congreso sería con
urna. El vicepresidente Rodolfo Ares quiso tomar el micro, Pérez se lo negó y
Ares saltó al atril. Ares anunció que se iba a votar ya el orden del día y en
urna, sin más.
Ares volvió a la mesa para explicar el funcionamiento
de la votación, pero ya no fue capaz. La bronca era gloriosa. No se sabía qué
ni dónde se iba a votar. La pregunta exacta era confusa: “No sabía cuáles eran
los términos de la votación”, dice Nuria Marín. En teoría, solo se podía votar
la fecha del congreso, pero de algún modo había que introducir el sí o no para
aclarar el futuro de Sánchez. Por tanto, parecía votarse algo así como sí o no
al congreso.
Los gritos que se oían mientras Ares intentaba hablar
eran solo el prólogo del follón que se montó allí. En ese instante se levantó
el secretario general, Pedro Sánchez, con algunos miembros de la ejecutiva, y
se dirigieron hacia la parte de atrás de la sala, oculta por una pared falsa.
Hubo unos segundos de duda: ¿dónde van? ¿se van a casa? Pero en seguida se
corrió la voz: había una urna detrás de aquella pared e iban a votar.
El estallido entonces fue de una convulsión irreal,
incontrolable: “Yo lloraba como una magdalena”, dice la diputada Soraya
Rodríguez, del sector crítico. “Por favor, sacad eso de ahí. Algunos nos
acercábamos a Patxi [López]:
‘Por Dios bendito, paradlo’. Era dantesco”. Pedro Sánchez se había atrevido a
lanzar el desafío definitivo: la urna. Y estaban votando. Pero la sensación de
éxito iba a durar poco.
La decisión de esconder la urna no fue improvisada.
“Fue el único comité federal en que nos pidieron DNI a la entrada”, dice
Ábalos. En la acreditación que llevaban en el cuello había un código de barras
que confirmaba que cada miembro pertenecía al censo del comité federal. Al ir a
votar, un empleado de seguridad de Ferraz pasaba un lector de códigos por las
acreditaciones. “Era un voto muy secreto”, recuerda Gabriel García Duarte,
consejero de Nou Barris (Barcelona). “Había tres cubículos divididos por lonas.
Primero te pasaban el lector de tarjetas, en otra sala no había nada, luego los
sobres con las papeletas sí o no y luego la urna”.
Al principio, junto a la urna no había ninguno de los
tres miembros de la mesa. “Cuando yo fui a votar, había un empleado de Ferraz
al lado de la urna que subrayaba en una lista con un fosforito amarillo los
nombres de quienes votaban. Había ya bastantes votos dentro”, dice Susana Sumelzo, diputada y miembro de
la ejecutiva. Al cabo de unos minutos, en plena algarabía,
aparecieron detrás de la pared Rodolfo Ares y Núria Marín, los dos miembros de
la mesa afines a Pedro Sánchez, para custodiar la urna con una lista nueva del
censo. Había ya votos dentro, que sacaron y rompieron. La votación volvía a
empezar con más garantías, sin que algunos miembros que ya habían votado
supieran que su papeleta no había contado.
Los gritos en la sala eran ya insultos y forcejeos.
“Cuando Pedro intentaba hablar, no repito los tacos que oía. Aquello era un
corral de vacas”, dice el exeurodiputado Andres Perelló. El micro seguía
funcionando mal. En dos
ocasiones se fue la voz cuando hablaba la presidenta andaluza, Susana Díaz,
que pidió entre algún sollozo que se votara como fuera.
En plena votación, Paco Reyes escribió su moción de
censura, la leyó a gritos y varios se pusieron a reunir firmas. “Planteé yo
también la moción de censura. Era una locura. Hablé con García-Page, los
barones, había que hacer algo”, dice Jesús Fernández Vaquero, secretario de
Organización de Castilla-La Mancha. Durante una votación es impensable hacer
una moción de censura, pero ningún órgano se imponía. Toda autoridad había
desaparecido.
Mientras, la cola para votar seguía. “Cuando me
levanté a votar había gente que nos grababa con el móvil. Mi sueldo no depende
de esto, pero eso es una medida coercitiva de flipar”, dice García Duarte.
La urna escondida se había vuelto tóxica. “No se oyó
que empezaba la votación ni qué había que votar. Fue una decisión precipitada y
errónea”, dice el exdiputado José A. Pérez Tapias. Una dudosa insinuación de
pucherazo bastó para hacer temblar a partidarios de Sánchez, entre los que
había presidentes autonómicos. Tras la pésima decisión política de esconder la
urna, había solo una pregunta: ¿por qué? ¿Por qué los partidarios del voto en
urna no la pusieron desde el principio en el centro de la sala?
Una persona cercana al entonces secretario de organización,
César Luena, da un motivo. Prefiere mantener el anonimato: “Había
gente que se jugaba mucho y nos pedía máxima discreción porque, si no, no iba a
votar lo que quería. Si te piden que demuestres discreción, no puedes dejar
ninguna oportunidad para que haya gente vigilando por en medio”. Su objetivo
era por tanto eliminar todo paseíllo entre la cabina y la urna para que no se
sospechara de quien no quería enseñar su papeleta. “La mayoría sigue al líder
de su territorio y se ha acabado la historia”, dice Roberto Jiménez, ex
secretario de Inmigración del PSOE.
El lío de la urna duró menos de 30 minutos. Varios
aliados de Pedro Sánchez le convencieron de que no era una solución. Este
estaba ya visiblemente hundido, noqueado. “Su cuerpo estaba allí y su mente en
otra parte”, dice una dirigente de la ejecutiva. Las firmas de la moción de
censura sumaban la mitad de asistentes. Era una prueba de que el secretario
general no tenía los votos. Hubo negociaciones rápidas. La mesa anunció que se
iba a votar por llamamiento. El noal congreso de Sánchez ganó por
132 a 107. Los opositores del ya ex secretario general habían calculado mejor
sus votos. No era tan difícil saber cuántos votos tiene cada federación.
Sánchez había lanzado un desafío enorme sin la seguridad de tener bien atado el
apoyo. La esperanza de que la urna escondida hiciera cambiar tantos votos era
improbable.
El comité
federal creó la gestora, que sigue al mando del partido. Era un cierre esperado
y previsible. “Ha sido un orgullo, presento mi dimisión. Ha sido un
honor”, dijo Pedro Sánchez en la sala de prensa. Luego salió en coche por el
aparcamiento. Sus planes se habían visto frustrados. Las cámaras captaron al
vuelo su salida por última vez de Ferraz.
COMENTARIO: Pedro Sánchez lo dijo muy clarito: Quiero pactar a mi derecha y a mi
izquierda un gobierno de cambio y progreso. Posiblemente se refería a
Ciudadanos y Podemos que no quisieron pactar juntos. Tal vez fue un error de
Pedro Sánchez intentar negociar por separado. A partir de aquellos momentos el
gobierno de cambio y progreso solo fue un sueño. Ojalá si a Ciudadanos y a
Podemos les ha servido la experiencia de estos meses, vuelva a existir otra
oportunidad.LA RECORTA…


No hay comentarios:
Publicar un comentario