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domingo, 23 de octubre de 2016
'Óscar sin miedo': el joven teniente apaleado en Alsasua Cuando llegó a Navarra se empeñó en abrir el cuartel al pueblo: se ofreció a acudir al colegio a explicar su labor a los niños Rescató a un ex preso de ETA y sus allegados cuando se vieron atrapados por una nevada Cinco años después del adiós de ETA, el teniente Óscar creyó que podía tomar una copa con su novia el Día de la Cerveza. Se equivocó.
LEYRE IGLESIAS. 23/10/2016: Había
caído una gran nevada sobre Beruete, al norte de Navarra, cuando sonó la llamada de
auxilio. Un grupo de personas que regresaban en autobús de una comida en una
cervecería cercana se habían quedado atrapadas. Óscar, teniente de 23 años, era el oficial que se encontraba más cerca aquella noche
bajo cero de este27 de
febrero, así que acudió al
lugar. Nada más llegar identificó entre ellos a un ex preso de ETA. Lo
recibieron con un grito viejo y oscuro en ese valle, "Alde hemendik!"
(fuera de aquí). Pero las voces se fueron apagando. "Estaban desesperados",
relata un subordinado del teniente. Óscar los evacuó y se encargó de que un
autobús venido de Pamplona los sacara de allí. Sanos y salvos.
Fue la historia negra entre la nieve,
relatada por Óscar a su familia y confirmada por la Guardia Civil, que hizo que
el joven teniente llegado de Puçol (Valencia) se hiciera conocido en los
cuarteles del norte de Navarra. Aunque hubo más. Desde su cuartel en Alsasua, donde la presión del nacionalismo radical sigue
asfixiando, Óscar quiso derribar, al menos simbólicamente, el muro de seis
metros de hormigón que rodea al edificio. Abrirlo, casi cinco años después del
"cese definitivo" de ETA, al pueblo que hace casi 40 años vio nacer a Herri Batasuna.
Quizá desafió demasiadas normas no escritas, antes de recibir una paliza esteviernes 14 de octubre en el Día de la Cerveza -noche de copas, víspera de
fiestas- junto a su novia, otro sargento y la mujer de éste.
Óscar, dice su padre, soñó con una Alsasua distinta.
La procesión prohibida
A él, también miembro del Cuerpo, le había
dicho hacía ya mucho: "Papá, yo voy a ser guardia civil". Gracias a
sus buenas notas -el ayuntamiento de su pueblo, junto a la Sociedad Española de Atención Sociosanitaria, le entregó el Premio Garcés Durá por su excelente expediente académico-, Óscar pudo
acceder directamente a la escala superior de oficiales. Dos años de estudios y
disciplina férrea de madrugones y silbato en la Academia General Militar en Zaragoza, otros tres en la de Oficiales de la Guardia Civil en Aranjuez y el grado de Seguridad Pública por la Universidad Carlos III. Su padre cuenta con orgullo que de los 80 jóvenes
que entraron con él, sólo 47 acabaron.
El gran momento le llegó el año pasado. A
mediados de octubre, Óscar entró cargado de maletas en el cuartel de
Alsasua. Su primer destino,
forzoso pero ilusionante. El cuartel: pequeñito, con unos 30 agentes, encajado
en el monte, a dos kilómetros del centro. Su cama: una individual en el
pabellón de solteros. Con un patio para coches y para niños.
"Había estado antes dos meses en el
puesto de Massamagrell en Valencia, y lo que aprendió allí fue a salir,
relacionarse con la gente, ir a presentarse al alcalde...". Y en su Alsasua soñada pretendió lo mismo.
Acudió a los
colegios de la zona ofreciéndose a explicar a los niños los peligros de
internet. No quisieron, cuenta
el padre. Organizó una jornada de puertas abiertas en el cuartel. Y empezó a
salir con una chica del pueblo, María José, una estudiante de 19 años cuyos
padres, nacidos en Ecuador, se han integrado bien en Alsasua. La madre sirve
cafés y comidas tras la barra del Hogar de Jubilados. El padre, que en las
últimas elecciones municipales fue el número dos de la lista de UPN -no salió
elegido-, trabaja en "los vagones": la empresa de fabricación de
autobuses Sunsundegi, que da de comer a muchos.
Cuando estaba a punto de cumplir un año en el cuartel, Óscar se propuso celebrar la Fiesta de la Virgen del Pilar. No entre el hormigón del cuartel, sino en el pueblo.
"Si se hace en toda España, ¿por qué aquí no?", preguntó a sus
compañeros.
Incluso envió tarjetas. La Guardia Civil de
Alsasua tiene el honor de invitarle... Los problemas empezaron ya de madrugada.
Ese miércoles 12 de octubre el convento de los Capuchinos, donde iba a oficiarse
la misa, despertó con la puerta marrón rojizo pintada con mayúsculas amarillas:"Alde hemendik". El propio teniente las borró como pudo esa misma
mañana. (Aún hoy se advierten las huellas).
Pero la fiesta se mantuvo. Un coche de la Guardia Civil coronado por la Virgen del Pilar, patrona del Cuerpo, y una bandera de España,
encabezó la procesión. Detrás, una veintena de guardia civiles desfilando, de
tres en tres. Al fondo, una comitiva de mujeres e hijos de los agentes. Así,
caminando bajo el agua a las afueras del pueblo, llegaron hasta el convento. Unas 80 personas, entre agentes, familiares y
vecinos, asistieron a la misa.
Hasta cantó un pequeño coro. Tras tomar, como marca la tradición, el vino de
honor, unos ocho veinteañeros, con la mirada de odio que tuvieron sus padres,
se colocaron enfrente. De nuevo, los insultos de siempre.
Su padre: "No se lo perdonaron".
La noche en el bar Koxka
Ese mismo viernes por la noche era víspera de ferias, cuando Alsasua vuelve a sus orígenes más rurales con una antigua
feria de ganado. Degustación de carne de potro, queso, setas y vino, exposición
micológica, concurso de txistorra, dantzaris. Óscar decidió que esa noche saldría
de fiesta con su novia María José y con Álvaro y Pilar, un sargento del cuartel
y su mujer llegados apenas 15 días antes de Córdoba.
Hoy el teniente -una fractura de tobillo, la
pierna en alto, el labio partido cosido con puntos, más de un mes de baja- quizá se pensaría dos veces la decisión que tomó
aquella noche. Los guardias
civiles consultados por Crónica coinciden: un agente tiene, con la ley en la
mano, todo el derecho del mundo a ir un bar. "Pero yo, personalmente,
nunca lo haría en Alsasua", relata un andaluz destinado en la zona.
"Aquí hay una máxima: si se creen en mayoría y creen que pueden, o te increpan
o van a por ti".
Los hechos, según los informes de la Guardia Civil y de la Policía Foral (a las órdenes de la consejera de Interior del
Gobierno de Navarra, de Bildu) y según las declaraciones de las dos mujeres,
ocurrieron de la siguiente manera.
A las dos y media de la madrugada, los
cuatro entraron en el bar Koxka, en el casco antiguo del pueblo, enfrente de un local
de reunión habitual para el entorno abertzale. Los cuatro pasaron allí un par
de horas y, al margen de algunas malas miradas, bebieron tranquilamente sus
copas. Hasta que un chico vestido de negro se les acercó en
actitud desafiante. Se le
unieron otros, que empezaron a empujar al grupo. María José les rogó que los
dejaran en paz. Óscar también. No estoy de servicio, les dijo. Tenemos derecho
a estar aquí. No sirvió de nada. Comenzaron a golpearlos.
-¡Hijos de puta pikoletos! Esto os
pasa por venir aquí.
Las cosas que les decían "daban
miedo", ha contado Pilar. Les deseaban la muerte mientras les propinaban
una paliza. En el bar
empezaron "al menos 25 personas", según las víctimas. Los sacaron a la calle, donde se unieron otras 20. Las jóvenes intentaron evitar los golpes a sus
parejas, pero sólo lograron recibirlos ellas. "Estábamos con 60 brazos
encima, pegándonos, empujándonos, dándonos patadas... Fue horrible", ha
relatado María José.
("Sigo esperando el apoyo de las
feministas de la zona", clamaría después a través de Twitter).
Con Óscar se
cebaron. Lo
patearon sin piedad en el suelo. Nadie los auxilió; los que fueron apareciendo "aplaudían". No todos eran veinteañeros. La chica reconoció a un
hombre de unos 30 años que golpeaba a su novio con fuerza. Acudió en su ayuda
la Policía Foral no porque un testigo los llamara: lo hicieron las
víctimas. Cuando los agentes llegaron, se encontraron a unas 50 personas, puño
en alto y actitud agresiva, según uno de los forales que intervino.
A Óscar lo vieron "aturdido",
"con la boca ensangrentada, magulladuras en los antebrazos y huellas de
zapatos por toda la camisa", según el informe de la Policía Foral. Se lo llevaron al hospital. Pero allí, en el casco
viejo de Alsasua, la tensión continuó. También los policías fueron
zarandeados e insultados. Como pudieron detuvieron a un chico, Jokin, y lo
metieron en un furgón. Pero un segundo joven lo sacó del coche policial. Poco
después una llamada identificó a ese segundo chico. Se llamaba Aritz y la policía también lo detuvo. Pese a los intentos de
los agentes forales, nadie quiso hablar allí.
El entorno abertzale le ha dado la vuelta a
la agresión. Dice que el teniente y el sargento iban borrachos y
"provocando". Que aquello no fue más que una trifulca de bar. La diferencia de fuerzas y la motivación política de
las patadas empañan esa versión. La investigación judicial está en marcha.
"Lo ocurrido en Alsasua demuestra que, en determinados ambientes, bajo una
fachada de normalidad democrática, se ha mantenido latente el caldo de cultivo
que nutrió de significado al odio y la violencia: la tergiversación del pasado,
la deshumanización de las Fuerzas de Seguridad del Estado...". Habla el
historiadorGaizka
Fernández Soldevilla,
experto en ETA e integrante del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo
que ha echado a andar en Vitoria. "ETA no mata, pero los cimientos
intelectuales del terrorismo siguen casi intactos".
ETA ya no
mata, pero. Un
guardia civil de la zona empieza igual. "ETA ya no mata, pero el ambiente
es el mismo. Eso no ha cambiado en Alsasua".
"Hay que comprenderlo", dice un ex concejal constitucionalista. "Alsasua es otro mundo".
"Ya saben quién eres"
El pueblo, de poco más de 7.000 habitantes, digiere estos días una exposición mediática que le
ha superado. Televisiones grabando, periodistas preguntando.Crónica acude a esta villa situada en el triángulo
entre Vitoria, San Sebastián y Pamplona cuando la marabunta se ha marchado, y
se encuentra con la encarnación de ese pueblo sin nombre que Fernando Aramburu describe en Patria, su novela total sobre el terrorismo vasco. El infierno del pueblo pequeño donde todos se
conocen. El silencio, pesado, sólo se rompe por teléfono. "Prefiero hablar
así. Si te han visto por el pueblo ya saben quién
eres y no quiero que me vean contigo", le dicen a la periodista, más o menos con las mismas palabras,
hasta cinco personas.
"Tú mañana te marchas, pero yo me quedo
aquí".
Antes de ser un pueblo de lunas rotas,
cajeros quemados, coches bomba y pintadas en las puertas de los concejales y de
las mujeres de los guardias civiles, Alsasua era una villa dedicada al ganado. En la primera contienda carlista dio nombre a una
batalla, de la que el general Tomás de Zumalacárregui resultó victorioso. En laGuerra Civil, fue ocupada por los golpistas, sobre todo requetés
vecinos, también navarros. Ya en la década de los 50 el desarrollo industrial
sonrió a Alsasua. Muchos extremeños se establecieron allí huyendo de
campos que ya no daban dinero. Y la población se duplicó.
Políticamente, como ocurrió en muchas localidades
vascas y navarras, con los años el carlismo derivó en nacionalismo radical. El primer alcalde democrático, en 1979, fue un parlamentario abertzale. Dos años
antes ya había nacido en Alsasua el grupo político que más daño haría durante
las próximas décadas: Herri Batasuna.
La formó un conglomerado de siglas que
querían asegurar su supervivencia en plena Transición y para ello fueron en busca del amparo de ETA Militar, "la única fuente disponible de capital
simbólico, popularidad y dinero", según cuentaFernández Soldevilla en Héroes, heterodoxos y traidores. El embrión de HB se llamó Mesa de Alsasua y celebró allí su primera reunión el 24 de octubre de 1977. En la primavera siguiente esta "mesa" se
convirtió en coalición electoral. Y prontoETA se hizo con su control. Los más intransigentes le
dieron la mano, los pragmáticos fueron defenestrados y la banda convirtió a Herri Batasuna (unidad popular) en una pura "pantalla
electoral". El resto de la historia es conocida.
En todos estos años, en el micromundo de Alsasua, la Guardia Civil ha sido objetivo número uno. Guardia civil era el
salmantino Sebastián Arroyo González, un agente retirado de 53 años que trabajaba desde
hacía 10 en una empresa de fabricación de guantes cuando el 8 de enero de 1980 fue ametrallado en su coche. Su viuda y sus cuatro
hijos huyeron a Salamanca. Después llegaría otra treintena de ataques a la
Benemérita. En la madrugada de Nochebuena de 1988, ETA colocó un
lanzagranadas en la ladera del monte Ameztia. No se conformó con eso y sembró los alrededores del
cuartel con bombas trampa. Pudieron morir decenas de niños. Inspeccionando, el
cabo primero José Aguilar García perdió la pierna derecha tras pisar una fiambrera con
explosivos. Tenía 26 años y el equipaje preparado para irse de vacaciones: se
casaba 15 días después.
En los 90 los cócteles molotov contra el
cuartel fueron constantes. Además de los insultos por la calle, la negativa a
atenderlos en algunos bares, las pintadas. Un agente que llegó por entonces
tragó saliva con esta bienvenida: un espantapájaros con tricornio, ahorcado.
En 2010, a un año de que ETA dijera adiós al asesinato, un grupo de jóvenes del pueblo inventó el Ospa Eguna, una
jornada anual para decirle a la Guardia Civil "que se vaya", en una
mezcla entre protesta, alcohol y actividades para los niños. La estampa: gente
muy joven representando una parodia de la monarquía con Juan Carlos I y
guardias civiles como dirigentes nazis; bailando alrededor del fuego mientras
patean a guardias civiles de cartón, lanzados después a las llamas.
Los detenidos
ETA ya no mata. No. "Pero la gente", reconoce a media voz
una ex concejala, "sigue con miedo". Esta semana, ese miedo callado ha vuelto a asomar con
fuerza. Un vecino bien informado afirma que "los de siempre" han ido
amenazando a quienes estaban esa noche en las cercanías del bar Koxka.
"Si hablas, ya sabes". "Ten
cuidado con lo que dices". "Aquí nadie ha visto nada".
Al cierre de esta edición suena el bisbiseo
de que habrá nuevas detenciones porque la Policía Foral sólo ha arrestado (y
dejado en libertad condicional con cargos por lesiones y atentado a la
autoridad) a Jokin y a Aritz, cuando la Guardia Civil tiene identificados a más de 20.
A Jokin Unamuno Goikoetxea fuentes policiales lo sitúan como uno de los
cabecillas del Ospa Eguna. Unamuno tiene poco más de 20 años y ha
estudiado FP de Mecatrónica Industrial. Su familia es conocida. Su tía
política, ex alcaldesa conEuskal Herritarrok. Su primo ha dado la cara por él denunciando el
"montaje policial". Son herederos de Piensos Unamuno,
fundado por su abuelo; una empresa a la que le compran el pienso todos los
ganaderos de la zona.
El otro
detenido también nació en democracia y también con apellido ilustre: Aritz Urdangarin Cano. Le llaman Garin. Sus padres han tenido dos bares en el
pueblo. "Ése no lo ha mamado en casa", asegura un conocido, y su
explicación sobre este chico metido en problemas suena como suena Patria: "Aquí,
si eres joven, no hay otro ambiente. El gaztetxe [sede de ocio juvenil y evangelización
abertzale], la fiesta... Todo está politizado. Si no vas, te hacen el vacío. Si no quieres eso,
tienes que marcharte del pueblo".
El teniente no pretende hacerlo. Óscar sin miedo ya ha avisado a los suyos de
que va a quedarse en Alsasua.
Y, desde lo alto del cuartel, seguir soñando.
COMENTARIO: En Francia está la Gendarmería y la Policía
Nacional y es respetada en todo su territorio. Y es que en España se podría
decir que igual que fue un error transferir las Competencias de Educación a las
Comunidades Autónomas, también lo fue permitir que se crearan Policías
Autonómicos en algunas Comunidades. Pues además de que son un agravio en cuento
a Sueldos con respecto a la Policía Nacional. Y es que los Cuerpos y Fuerzas de
Seguridad del Estado debieran ser competencia exclusiva del Estado. La Guardia
Civil lo es. Y la Policía Nacional debiera estar implantada por igual en todo
el territorio Nacional. El Estado Autonómico Español ha ido demasiado lejos y
está convirtiendo a España en un País de desigualdades y demasiado caro de
mantener. España lo que necesita es crear un Estado fuerte y acabar con las
Autonomías. Dicho esto pienso que esto es lo que ocurre cuando se educa en el
odio. Somos muchos los españoles que respetamos y nos sentimos orgullosos de la
diversidad de este país y seguro que muchos vascos y catalanes que aun no
sintiendo España como su nación entienden que forman parte de ella y valoran
los esfuerzos que estamos haciendo los demás por encajar sus formas de pensar
con las nuestras pero desde hace tiempo estamos exigiendo más contundencia y no
me refiero a más detenciones de estos chavales con el cerebro comido sino en
las altas esferas que auspician el odio. Así pues solo me queda decir… ¡Valiente! Mucho ánimo y una pronta
recuperación.
LA RECORTA…
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