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domingo, 28 de agosto de 2016
El castillo de la muerte del África Korps Pocas sepulturas militares son tan imponentes como la fortaleza funeraria en El Alamein que guarda los restos de 4.200 soldados alemanes caídos en la II Guerra Mundial
JACINTO ANTÓN
28 AGO 2016 : Es imposible no sentir
un escalofrío, incluso bajo el sol de hierro del Norte de África, ante el
cementerio alemán de El Alamein, que guarda los restos de 4.200 soldados
alemanes caídos en esa gran batalla de la II Guerra Mundial, el principio del
fin del célebre Afrika Korps de Rommel, el zorro del desierto. El lugar de
último reposo de esa tropa espectral de guerreros fallecidos en el decisivo
enfrentamiento librado en 1942 no es un camposanto militar al uso, con sus
melancólicas cruces y tumbas individuales, sino un monumental osario colectivo
en forma de imponente y amenazadora fortaleza octagonal de piedra, un verdadero
castillo de los muertos. Sus muros engastados de torreones emanan, más que una
atmósfera de paz y luto, una sensación paradójicamente belicosa de poder y
desafío. Como tumba de un contingente derrotado de una nación arrepentida tiene
narices. Aquí se hubieran sentido tan cómodos -excepto por el clima- como en su
medieval castillo prusiano de Malbork (hoy Polonia) los Caballeros Teutónicos,
de espada fácil.
Llegué a El Alamein como un señor, en
taxi desde Alejandría, a 130 kilómetros al este, por la carretera de Mersa
Matruh, por donde otrora discurrían, mucho menos cómodamente, las tropas
Aliadas empeñadas en impedir que Rommel abrevara sus panzers en el Nilo y
Hitler se hiciera con el Canal de Suez. En 1942 El Alamein era solo un pequeño
apeadero ferroviario egipcio junto a la costa mediterránea hasta que lo
revistió de estrepitosa fama la victoria Aliada en la segunda batalla que lleva
su nombre -la primera fue el ataque del Afrika Korps sobre el que, al
estabilizarse el frente, Montgomery repicó el 23 de octubre con su decisiva
ofensiva encabezada por gaiteros que obligó a las fuerzas del Eje a retroceder
inexorablemente hasta Túnez-. ¡Ah, El Alamein!… ese "enloquecido mar de
arena, de fama como Troya o Agincourt" -en versos del capitán John
Jarmain, de la 51ª división de Highlanders (el 8º Ejército tenía más poetas que
el Afrika Korps: eso querrá decir algo). En realidad el enfrentamiento se libró
en un amplio espacio inhóspito entre el mar y la depresión de Qattara al sur,
pero las batallas han de tener su nombre y a esta se le dio el del apeadero
porque no había nada más destacable desde Tobruk y Sidi Barrani, excepto
camellos.
En El Alamein hay poco que hacer
aparte de seguir la historia de la batalla. Para eso la localidad cuenta con un
interesante museo -en el que una sonada vez, excitado al ver en una sala la
foto del conde Almásy (el de El paciente inglés), que exploró para Rommel, me
disfracé de teniente del Afrika Korps gracias a un joven italiano que
participaba en unas jornadas de recreación histórica en el lugar y me prestó su
uniforme-; y los diferentes cementerios militares: el de la Commonwealth, donde
yacen 7.367 soldados aliados incluidos británicos, australianos, neozelandeses,
sudafricanos, indios, franceses y griegos; el italiano, un mausoleo en forma de
torre blanca en cuyas paredes están inscritos, "all'ombra del
tricolore", los nombres de 4.634 soldados -a pesar de los tópicos, los
italianos, más de la mitad de las fuerzas del Eje en la batalla, lucharon
esforzadamente en El Alamein, sobre todo los integrantes de las aguerridas
formaciones Ariete y Folgore (paracaidistas). Y el alemán.
Entras en el recinto alemán, un Totenburg
(fortaleza de los muertos), como se denomina a este tipo de edificación
funeraria militar, sobrecogido y con la sensación de que guardan el Grial, como
mínimo. Parece que te vaya a salir a recibir el gran maestre Siegfried von
Feuchtwanger o los Hermanos Livonios de la Espada. En el patio interior se alza
un obelisco sobre un pedestal apoyado en cuatro águilas de piedra. Alrededor,
21 sarcófagos de granito (¡los sarcófagos del Afrika Korps!) guardan la memoria
de los caídos agrupados por su lugar de procedencia. En realidad son
cenotafios, pues los huesos se amontonan en una cripta debajo. Quiso el destino
que en mi visita conociera en el solitario lugar a un verdadero miembro (vivo)
del Afrika Korps, herr Gottstein, ex combatiente del batallón de reconocimiento
(Aufklärung) de la 21ª Panzer, que llevaba flores a sus camaradas y seguía
hablando bien de Rommel.
El Totenburg de El Alamein, el último
de su clase, empezó a construirse en 1956 y se inauguró en 1959. Es obra de
Robert Tischler (1885-1959), arquitecto jefe desde 1926 de la Comisión de
Tumbas de Guerra Alemanas (y veterano de la I Guerra Mundial), que también
trabajó para los nazis y llegó incluso a diseñar una capilla para un mártir de
las Juventudes Hitlerianas. Sorprende el estilo, cuya aura de opresivo luto y
solemne tristeza no disimula un tufillo a culto a la muerte heroica y
glorificación del colectivo frente al individuo. Resulta extraño que tras la
derrota del III Reich la Alemania de la desnazificación y el arrepentimiento
pudiera producir semejante monumento de architectura militaris y de manos de un
simpatizante de los nazis (a los que encantaba este tipo de cementerio).
Probablemente porque era en Egipto. No hay que olvidar que Hitler, de acuerdo
con su Speer de las tumbas, Wilhelm Kreis (al que hubo que arianizar de
urgencia porque tenía una abuela judía), quiso rodear su futura Europa
germánica de un anillo de Totenburgen que exaltaran la muerte en el campo de
batalla.
Uno sale del imponente castillo de
los muertos germano pensando que una muerte de soldado nunca es buena, pero
puestos a tenerla, dadnos un lugar sencillo y propio en el que ser recordados;
como las tumbas del cercano cementerio británico (en el que yacen sin más
ceremonia hasta cuatro ganadores de la Cruz Victoria) o aquellos seis pies de
tierra inglesa que enterraron el coraje del vikingo Harald Hardrada…
Le recuerdo también que Edwin Rommel fue
asesinado por las SS Totenkopf, por desobedecer al dictador Adolf H.
Mejor general no lo hubo en el ejército alemán...Y
África era importantísima en la expansión hacia Oriente Medio.LA RECORTA…
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