Las historias de La pare-jita parecen reales, pero lo cierto es que la vida conyugal es muy
distinta: hay risas y abrazos, coreografías tipo “Escuela de sirenas” para
pasar el mocho, neveras desbordando deliciosas comidas y sexo con flúor y en
cámara lenta. En cambio, los calcetines sucios, la ropa por planchar, las
discusiones por el canal de la tele y la familia, que se presenta a las horas
más inoportunas, forman parte de una leyenda urbana de mal gusto, por cuya
propagación me pagan las Fuerzas del Mal.

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