JORGE BENÍTEZ. Madrid. 24 MAR. 2018: La industria del tomate es igual que la
de la gasolina: en ambas existen distintos procedimientos de refinado.
Diferentes calidades cuyos criterios de concentración, color, viscosidad y
homogeneidad varían muchísimo. Además. el consumidor final desconoce muchas
veces el país de origen de lo que consume.
En el caso del tomate todo se complica mucho más. Nos
guiamos por algunas etiquetas espejismo con
tomates gordos, brillantes, pintados con un hermoso color rojo.
Su consumo (tan globalizado como el fútbol) oculta,
según la investigación del periodista francés Jean Baptiste Malet (Toulon,
1987), una mano de obra semiesclava, un mercado ultra competitivo de productos
concentrados liderado por China, empresarios italianos que funcionan como un
cártel y un cliente que muchas veces es engañado. Un ejemplo, en países como
Ghana, Malet constata que se venden millones de latas
chinas que tienen sólo un 31% de tomate y un 69% de aditivos (soja,
almidón, dextrosa, colorantes...) cuando sus etiquetas anuncian que sólo
contienen tomate y un poco de sal.
«En China, los recolectores de tomate industrial son
niños o prisioneros de laogai, el gulag
chino. Estos se procesan en barriles y son comprados por las grandes
multinacionales de la alimentación», explica Malet, autor de El imperio del oro rojo (Ediciones
Península). Una investigación de
dos años por cuatro continentes en los que ha entrevistado a agricultores,
científicos, comerciantes y hasta militares en busca de una estela tomatera
que mueve 10.000 millones de dólares y
riega a 160 países del mundo.
1.
Piense en tomate. Una huerta murciana o almeriense,
sol, un fruto rojo, redondo, con sabor. Pues el tomate industrial de muchas
conservas es menos seductor, no es simplemente la trituración de unos kilos de
tomate guardados en una lata. Una gran producción de la
industria se procesa en grandes fábricas de Xinjiang, el
Far West de China, bajo el control de altos mandos del ejército popular. En su
I+D alimentario esta baya roja es alargada, pesa más y tiene una densidad más
alta porque cuenta con menos agua. Todo, incluso su manipulación genética,
tiene el objetivo de maximizar su procesado y transporte a través de medio
mundo.
Si usted en el supermercado palpa los tomates buscando
que sean jugosos, la industria del procesado hace lo contrario. Sus fábricas
llevan a cabo su evaporación para
lograr una pasta muy densa. Un tomate de industria contiene, según estimaciones
de Malet, un 5-6% de materia seca y un 94-95% de agua. Los dobles concentrados son
pastas cuya proporción entre materia seca y agua es superior al 28%. En los
triples concentrados sobrepasa el 36%.
La demanda mundial de
este producto representativo del capitalismo global crece anualmente un 3%. Todos
queremos tomate. Detrás de la salsa de los espaguetis, del ketchup o de la base
de la pizza sobrevuela una guerra comercial despiadada.
Un país como China, en el que el tomate no tiene mercado interno dado el escaso
protagonismo en su dieta, en los 90 se lanzó salvajemente a su conquista. ¿Por
qué? Es una pregunta que trata de despejar Malet a lo largo del libro.
La guerra geoestratégica del oro rojo tiene sus
superpotencias. Y no todas son países con bandera y asiento en la ONU. La agro
mafia también se mueve con poderosos tentáculos.
Malet denuncia que hay productos alimentarios, desde
el aceite de oliva hasta verduras o frutas, comercializados con el prestigioso
sello comercial made in Italy que
esconden una terrible explotación laboral.
Ésta afectaría tanto a italianos como a inmigrantes ilegales del África
subsahariana. Se denomina el caporalato, una
técnica de apropiación ilegal del mercado. A pesar de ser combatido por el
estado, el caporalatoes santo y seña del
negocio de conservas de tomate, cuya mayor producción se localiza en el sur de
Italia.
Este periodista se pregunta cómo una caja de tomate que recorre 100
kilómetros entre Foggia y Salerno puede ser más barata que un tomate español procesado
en una planta moderna y eficiente. Algo falla. «El Gobierno
y la industria españoles deberían estudiar de cerca los costes de producción de
tomates pelados en Italia porque la competencia de los italianos a veces es
injusta», dice Malet por email. Según sus
datos, millones de latas son una salida ideal para el lavado de dinero porque
su transporte es sencillo y puede venderse por debajo de precio de coste.
«Las leyes de la UE han permitido un sistema de
puertas para dentro que consiste en que algunas empresas napolitanas permitan
la entrada de estos productos chinos sin pagar derechos de aduana y los
puedan reexportar a distintos países», advierte Malet.
Así es el laberinto rojo (tomate).
COMENTARIO: Bueno, pero de que se extrañan, si parece que se
olvidan que los manteros que trabajan en las calles de España, son los esclavos
de esos paseados mayoristas que se forran vendiéndoles collares y productos
falsificados a estos necesitados, y el gobierno hace la vista gorda, y tampoco
les expulsa. Entonces a que jugamos…Cómo es posible que ellos, los inmigrantes,
puedan ir a comprar 6 collares a empresas que se dicen mayoristas, y a las
cuales hay que exhibirles una identificación como mayoristas para poder
comprar, y estos inmigrantes logran que les vendan 4 cosas. ¿No es una
explotación? o que alguien me lo aclare.LA RECORTA…


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