El suprema cismó de aquellos nacionalismos, trufados
de xenofobia y racismo, de desprecio a la inmigración, que alertaban sobre la
“contaminación” con culturas foráneas, se desbordó en las dos guerras mundiales
del siglo XX, y alimentó los totalitarismos. Como escribió Fichte:
todo nacionalismo termina en socialismo, y todo socialismo concluye en
nacionalismo. De ahí que los independentistas catalanes de las décadas de 1920
y 1930, como Nosoltres
Sols! o Estat
Català –organización que estaba dentro de ERC-, tuvieran como
modelo el fascismo italiano, y mantuvieran buenas relaciones
con el nacionalsocialismo alemán.
La construcción de “comunidades imaginarias”, como
escribió Anderson, procedió de pequeñas élites culturales
que definieron la Historia y las costumbres de un pueblo, mezclando verdades con mentiras. Luego, esa élite
se convirtió en una organización política con el propósito de conservar y
exaltar esa “historia nacional” que “otros” querían ocultar. Forjada esa nueva
identidad y convertida la cultura en cuestión política, accedieron a las
instituciones. Su objetivo fue siempre ir catalanizando espacios del régimen hasta
destruir el Estado que
los cobija y construir uno propio. Desde los resortes institucionales,
controlando el presupuesto y la educación, poco a poco, desde la Mancomunidad
catalana en 1914 en adelante, aquella oligarquía forjó una comunidad que debía
ser homogénea.
Esa construcción, una especie de imperativo histórico,
legitimaba cualquier acción política que condujera a un Estado propio, en el
que, como dijo Josep
Dencàs, uno de los golpistas de 1934, “no debería haber más que
un partido y no se habría de consentir ningún otro, porque el sistema de una
pluralidad de partidos, respondiendo a una variedad de opiniones, iba
desapareciendo de los pueblos modernos”.
La construcción totalitaria de esa comunidad
necesitaba una revisión de la Historia para pergeñar un relato victimista.
La construcción totalitaria de esa comunidad
necesitaba una revisión de la Historia para pergeñar un relato victimista, en
el que se demostrara la perversidad del enemigo, del extranjero, del opresor y
explotador, frente a la bondad de las gentes propias, verdaderos ejemplos de
las más grandes virtudes, que siempre defendieron, como ellos, la independencia
de su nación catalana. Así se creó el mito de 1714; porque un mito, como
escribió Georges Sorel, es un relato fantasioso, mentiroso y
emocional cuyo objetivo es movilizar fácilmente a la gente. Ese mito está
lleno de mentiras. Merece recordar lo que ocurrió:
El 'malvado' Felipe V fue traicionado
Entre los catalanes de comienzos del XVIII perduraban
aún los recuerdos de las campañas bélicas francesas en tierras catalanas, en
especial con motivo de la efímera incorporación de Cataluña al país vecino en
1641. Felipe V quiso hacerse con el favor de las oligarquías y estamentos de
toda España, y el primer paso era aceptar sus normas. No vino a imponer el
absolutismo, sino a reinar. Por esta razón, el 4 de octubre de 1701, en
Barcelona juró los fueros y abrió las Cortes catalanas.
La buena disposición dio como resultado las
“constituciones” de 1702, en las que el Principado quedó más favorecido que
nunca. Así se celebró un pacto contractual, como recuerda el historiador Óscar
Uceda, entre el rey,
la Cortes catalanas y las instituciones representativas, como
el Consejo de Ciento o la Paería de Lérida. El contrato consistía en respetar
las leyes a cambio de reconocer la soberanía del Borbón.
La Guerra de Sucesión obligó a Felipe V a dejar
España. A su marcha, el bando catalán austracista, los vigatans, fue
creciendo desde el momento en el que las noticias parecían decantar la victoria
del lado de los enemigos de Felipe V. Un grupo de nobles vigatans fue
en 1705 a Génova para negociar con un representante inglés el cambio de
bando en la guerra. La traición se rubricó el 20 de junio de 1705. El
compromiso era alzarse en armas contra el rey, ese mismo al que habían jurado
tres años antes, a cambio de dinero y armas. En el caso de vencer, los aliados
contra el Borbón se comprometían a respetar las constituciones de 1702; sí, las
mismas que habían elaborado con Felipe V.
El cambio de bando supuso un enfrentamiento armado
entre catalanes, entre los 'vigatans' y los 'botifler'.
El cambio de bando supuso un enfrentamiento
armado entre catalanes, entre los vigatans y los borbónicos –apodados botifler-,
lo que muestra que no fue una guerra de castellanos contra catalanes, sino
entre austracistas y defensores de Felipe V.
Finalmente, por no alargarme, tras la caída de
Barcelona en septiembre de 1714, Felipe V abolió las constituciones, esas
mismas que las instituciones catalanas habían violentado demostrando así una
inseguridad jurídica, una desconfianza tras la traición, que el nuevo rey
no deseó. Por tanto, es falso que “los catalanes” lucharan por mantener los
derechos y libertades de Cataluña, porque se pactaron en 1702 y luego sus
instituciones las traicionaron.
La guerra no fue España contra Cataluña
Oriol Junqueras, historiador, se dedicó durante años a
dar conferencias
convenientemente financiadas por la Generalitat, en las que
explicaba que la Guerra de Sucesión era en realidad de Secesión, demostrada, a
su entender, en la resistencia del pueblo catalán frente al invasor castellano
y francés.
El mito del pueblo resistente se forjó
durante la Renaixença, un movimiento romántico tardío, a finales del XIX,
para recuperar y reinventar la historia y la lengua como señas de identidad
segregacionistas. Bofarull, por ejemplo, difundió en 1878, el mito de
los segadors de 1640 como un grupo homogéneo con un interés
exclusivamente político. Esa interpretación la siguieron Rovira i Virgili, Ferrán
Soldevilla y Segarra, entre otros del XX, que reforzaron la visión de
un bloque compacto de resistencia catalana contra el centralismo. Esto se
hizo retorciendo la Historia con un discurso político y emocional, lleno de
adjetivos y sin documentación. Ese esquema interpretativo se aplicó a la Guerra
de Sucesión, por la que la llamaron “de Secesión”.
Reducir una guerra internacional por la posesión de
España y de su Imperio a un conflicto local resulta grotesco.
Sin embargo, la Historia dice otra cosa. El
conflicto se produjo por la disputa del trono de España entre el candidato
borbónico y el austriaco, Felipe V y el archiduque Carlos. La posesión de
España y de su Imperio era algo tan determinante para la política mundial que
limitarlo, como denuncia el historiador Luis Ribot, a un conflicto local
por la conservación de una “protodemocracia” catalana resulta grotesco.
Inglaterra, Portugal y Holanda apoyaron a Austria frente a Francia,
constituyendo de esta manera una alianza que provocó una guerra internacional.
Incluso algún historiador la califica como la verdadera primera guerra
mundial porque se desarrolló por todo el planeta.
La división entre españoles fue evidente. Madrid
y Toledo fueron austracistas, por ejemplo. La Cataluña interior y el Valle de
Arán se decantaron por el Borbón; no en vano lucharon contra los vigatans en
1705. Lo mismo ocurrió en otras regiones españolas. El conflicto entre
españoles no respondió a identidades nacionales, sino a proyectos políticos, a
lealtades regias, a borbónicos contra austracistas, como señala el
historiador Ricardo García Cárcel. Así, en Cataluña combatieron unidades
francesas, holandesas, portuguesas, austriacas e inglesas, junto a españoles de
los dos bandos. Un ejemplo es el caso de Tarragona, bombardeada por los aliados
austracistas y asediada por tierra por las tropas de Nebot, un coronel
catalán.
Oriol Junqueras, sin embargo, decía en 2007 que los
ejércitos de Felipe V contra los catalanes estaban compuestos por castellanos
que llevaron a cabo un “terrorismo militar”. Lo cierto es que en toda guerra
hay barbaridades, en este caso también por parte de los migueletes, tropas
austracistas en Cataluña. Estos soldados, sin sueldo ni disciplina, y
catalanes, fueron una auténtica plaga para los campesinos.
La supuesta matanza de 700 catalanes a manos de tropas
castellanas en Lérida en 1707 nunca ocurrió.
Ese concepto de “terrorismo militar” alimenta el uso
del victimismo de la oligarquía catalanista. Por ejemplo: cada año en Lérida se
celebra un homenaje a la supuesta matanza de 700 catalanes a manos de
las tropas castellanas, en el convento del Roser, el 13 de octubre de 1707. Las
investigaciones arqueológicas e históricas de Óscar Uceda han
demostrado que ese episodio
nunca ocurrió, sino que el catalanismo del XX lo inventó. A pesar de
eso se sigue celebrando.
No fue el 11 de septiembre, sino el 12
El asedio de Barcelona no terminó el 11 de
septiembre de 1714. En el torrente de invenciones y manipulaciones históricas,
hasta la fecha es errónea. A media tarde de ese día, los defensores enarbolaron
bandera blanca, y una comisión fue a entrevistarse con el duque de Berwick en
la brecha principal, quien les dio de plazo hasta el amanecer del día
12 para la rendición. Al no suceder esto, ordenó incendiar la ciudad, y
prohibió el saqueo. A mediodía del 12, los defensores sacaron de nuevo la
bandera blanca y se rindieron. Berwick accedió a respetar sus vidas y
propiedades, y en la tarde del 12 de septiembre, no del 11, las tropas
borbónicas entraron en la ciudad.
A pesar de esto, de la Historia y la documentación, el
11 de septiembre de 1891, un pequeño grupo de simpatizantes de la Unió
Catalanista organizó el primer acto ante la estatua del que era Conseller en
Cap en septiembre de 1714: Rafael de Casanova. Y de ahí en adelante. Pero
Casanova no es quien dice que fue los catalanistas.
El Tratado de Utrecht, firmado el 14 de marzo de 1713,
puso fin a la guerra. El acuerdo consistió en la retirada de las tropas aliadas
en Cataluña, Menorca e Ibiza. A cambio, Felipe V se comprometió a una amnistía,
al olvido de las responsabilidades y prometió a las instituciones
catalanas los mismos derechos que tenían las castellanas; en especial, el
acceso al comercio con América, que hasta entonces era un monopolio del puerto
de Sevilla.
Inglaterra prometió un acuerdo mejor al del Tratado de
Utrech, lo que explica la resistencia de Barcelona.
Inglaterra, que siempre enturbió la relación de la
metrópoli con Hispanoamérica por motivos comerciales, “convenció” a las
autoridades catalanas para que no aceptaran el Tratado, prometiendo un acuerdo
mejor y diciendo que les ayudarían militarmente, lo que no ocurrió. Esto
explica la resistencia de Barcelona desde el 9 de julio de 1713, aunque con
muchas discrepancias internas. De hecho, Villaroel, que dirigía la
resistencia de la ciudad, acabó dimitiendo, y fue sustituido, ante la ausencia
de candidatos, por la Virgen de la Merced.
El 11 de septiembre de 1714, antes del asalto de las
tropas borbónicas, Casanova colocó en la muralla el estándar de Santa Eulalia.
Fue herido en un muslo, trasladado al colegio de la Merced, y luego a la finca
de su hijo en Sant Boi de Llobregat. En 1719 fue amnistiado y siguió
ejerciendo la abogacía durante décadas.
El bando de los Tres Comunes era españolista
El 11 de septiembre, las autoridades de Barcelona
publicaron un bando -de los Tres Comunes- que llamaba a resistir para no caer
esclavos de Francia, “como los demás españoles engañados”, y animaba
a que “todos como verdaderos hijos de la Patria, amantes de la Libertad,
acudirán a los lugares señalados a fin de derramar gloriosamente su sangre y
vida por su Rey, por su honor, por la Patria y por la libertad de toda
España”.
El españolismo de los defensores de Barcelona en
aquellos días también se reflejó en las palabras de Villarroel a los soldados y
al pueblo: “Hoy es el día en que se han de acordar del valor y gloriosas
acciones que en todos los tiempos ha ejecutado nuestra nación. No diga la
malicia o la envidia que no somos dignos de ser catalanes e hijos legítimos de
nuestros mayores. Por nosotros y por toda la nación española peleamos”.
Casanova tampoco luchó por la independencia de
Cataluña, sino por una España libre de Francia.
Casanova tampoco luchó por la independencia de
Cataluña, sino por una España libre de Francia. Estos documentos los recogió el
historiador catalán, Francisco de Castellví y Obando en sus Narraciones
históricas desde el año 1700 hasta el año 1725, páginas en las que se lamenta
de la “guerra civil en la que la nación española fue homicida de sí
misma”.
La Historia se utiliza para argumentar discursos
políticos. Es en ese momento en el que deja de ser conocimiento histórico y
pasa a ser mito y, por tanto, falsedad. Quizá lo resumió mejor Prat de la
Riva en su Compendio de doctrina catalanista (1894): “bajo los
nombres viejos hicimos pasar la mercancía nueva y pasó (…) y con calculado
oportunismo, insinuábamos en sueltos y artículos, las nuevas doctrinas, barajando
con intención región, nacionalidad y patria para acostumbrar, poco a poco, a
los lectores.”.
.Jorge Vilches ex profesor de Historia del Pensamiento
y de los Movimientos Sociales y Políticos en la Universidad Complutense.
COMENTARIO: Lo más vergonzante de todo es que ante
esa fantástica organización de los independentistas ( ¡chapea u! reconozcámoslo),
nuestros políticos no son capaces ni de hacerse una foto juntos para demostrar
UNIDAD. ¿Cómo vamos a ser capaces de luchar contra 40 años de lavado de cabeza
en las Instituciones catalanas? Perdonen que insista; o se ejecuta un plan
entre nuestros políticos a dos generaciones vista sobre la educación de
nuestros futuros, o en un plazo de 8 años España se fragmenta.LA RECORTA…


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