PALOMA GARCÍA-PELAYO. 16/03/2017: El nombre de Marta Gayá ya no era un secreto, sí su rostro. A principio de los noventa, la relación sentimental entre la guapa mallorquina y el Rey Juan Carlos era ya conocida por algunos amigos, gente de Mallorca y varios periodistas que cubrían cada verano las vacaciones de la Familia Real en Palma. Pero no existían fotografías y el valor que una imagen otorga a una historia inédita es esencial; es la historia en sí misma que, como el aura, se tiene o no se tiene. De Gayá, no había fotos y sin ellas, Marta, la mujer que había enamorado al Rey, no existía. La pareja sólo se reunía con los íntimos de verdad y siempre tomaban medidas para evitar ser vistos en público, uno al lado del otro. Entre los amigos plata de ley de don Juan Carlos, se encuentra el empresario madrileño Miguel Arias, quien goza de su confianza plena. De la misma quinta que el monarca, Arias, dueño del restaurante Aspen en La Moraleja y del conocido Flannigan en Puerto Portals, Palma de Mallorca, decidió casarse ya cumplidos los 50.
Algunos de los periodistas que seguían el difícil
rastro de Marta Gayá supieron
que su nombre aparecía
en la lista de invitados al enlace. El lugar elegido para la
ceremonia religiosa fue el Monasterio Santa María de El Paular, así que
pusieron rumbo a Rascafría, municipio situado en el valle de Lozoya, a una hora
de Madrid, en la sierra de
Guadarrama. Al llegar a las inmediaciones del hotel ubicado
junto al templo, los reporteros respiraron tranquilos. Allí había boda y estaba
a punto de celebrarse.
Cotejaban sus notas, preparaban sus equipos y
controlaban las inmediaciones del hermoso paraje cuando alguien se les acercó
para indicarles que le siguieran. El novio quería
hablar con ellos.
Ya en el interior del hotel, en un salón contiguo a
una suite, Miguel Arias se estaba
vistiendo e interrumpió su acicalamiento para recibirlos. Fue amable pero
directo: “He tardado muchos años en casarme y no me vais a fastidiar la boda
por nada del mundo. Por favor, iros, que va a venir el
Jefe del Estado”, me detallan que dijo, en un tono autoritario y de
ruego, a la vez. A continuación, sin perderlos de vista en ningún momento, sacó
un talonario y se lo ofreció a los atónitos fotógrafos. “Poned
la cifra que queráis”, concluyó con la esperanza de acabar con
la incómoda situación, minutos antes de su boda. Los compañeros no daban
crédito. ¡Un cheque en blanco! Tenían claro su objetivo antes de salir de
Madrid: conseguir las
primeras fotografías de Marta Gayá. Ahora, el
reto había cambiado y se había vuelto mucho más interesante. El Rey también
estaba invitado y faltaba poco para que llegara. Demasiada adrenalina
profesional. Seguros de lo que hacían, no sin cierto temor a represalias, se la
jugaron y rechazaron el trato, cogieron sus cámaras y buscaron
posiciones. La luz era buena y solo era cuestión de esperar un poco más.
Ya en el interior del templo, ante el retablo mayor de
la iglesia, de planta y exterior isabelinos y no muy grandes, todos esperaban
al monarca: los novios e invitados, Marta Gayá, incluida. Fue en el instante en
que llegó don Juan Carlos cuando dos miembros de seguridad les impidieron
tomar fotografías: “Al Jefe, no”. Fue imposible. Sospechaban que la pareja no
saldría junta regalándoles la instantánea. Sería un escándalo con los
fotógrafos allí. Pero esperaron hasta el final y cuando la ceremonia terminó
vieron como la deseada y buscada dama se ponía a tiro de cámara, del brazo, no
del Rey, pero sí de alguien que velaba por él: el Jefe de Seguridad de la Casa,
el general Manuel Barrós. Volvieron a escuchar: “No. Al Jefe, no”. Pero ya
habían sido demasiado condescendientes, sin mencionar el momento cheque en
blanco. A la semana siguiente, la revista ‘Tribuna’, que dirigía el desparecido
periodista Julián Lago, publicaba las primeras imágenes de Marta Gayá. Existía.
Había historia y ahora podemos contarla.
COMENTARIO: Hay una pregunta y con qué fin.
¿Quiénes
están detrás de todas estas m... del ex-Rey y qué objetivos tiene? Desde luego,
cuánto daño hacen a Dª Sofía.LA RECORTA…



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