Y no lo digo sólo yo, lo dicen miles de personas.
Desde que lo escribí, el pasado 10 de julio, lo han leído 145.000 tuiteros y
1.120 se han tomado la molestia de responderme. Unos quieren quedar para
comentar la jugada: «Dime dónde y hora, que te voy
a hacer yo lo mismo... pero luego no me llores ni digas que es
falta. #Tonto». Otros me desean lo mejor para mi futuro: «A ver si te
atropellan y con suerte quedas paralítico cerebral hijo de puta». Alguno se
preocupa por mi trabajo: «Ojalá un ERE y que sigas teniendo brazos y cabeza
para escribir en una cloaca, perro». Y los más amables se acuerdan de mi hija
de dos años, que salía conmigo en mi foto de perfil: «La niña pasa en rojo, un
camión francés le pasa encima, cuando la levantes piernas colgando, seguro que
dirás mala suerte¡¡¡». Gracias, amigos.
Lo curioso es que jamás me alegré de la lesión de
Cristiano. Era la final de la Eurocopa y,
tras ser atendido en la banda, el portugués regresó al campo. El partido siguió
y los comentaristas de TV se olvidaron del juego para hablar sin parar de la
entrada. Ahí, con Cristiano aparentemente recuperado, tuiteé. Era una crítica a
la retransmisión, pero... Un minuto después, se fue al suelo entre lágrimas y
no pudo seguir. De inmediato supe que iba a ser una mala noche para mí también.
Cuando comenzó la avalancha de insultos, intenté
explicar en varios tuits que el comentario de la vergüenza era anterior, que no
estaba riéndome del caído, pero fue inútil y sólo sirvió para alimentar al
troll. Un error de principiante, porque hay tres cosas que no tienen cabida en Twitter:
el contexto, la ironía y la buena ortografía.
Estaba decidido. Soy el imbécil que se alegró de una
lesión de Cristiano Ronaldo.
¿Me siento especial? No. ¿Mi tuit, incluso en su
contexto adecuado, podía resultar molesto? Sin duda. ¿Soy una víctima
injustamente perseguida? En absoluto. Así son las redes sociales en 2017 y
todos los que participamos conocemos las normas. Pensábamos que iba a ser La
casa de la pradera y se han convertido en Los juegos del hambre: todos contra
todos y que gane el más violento. No exagero (demasiado): el 38% de los tuits son
escritos con la intención de molestar, insultar o amenazar al
alguien, según un estudio de la Universidad de Texas. Otra investigación, ésta
en la Universidad de Beihang (Pekín), señala la emoción más común y que más
rápido se propaga en Twitter: la ira.
«La culpa es de Twitter». Es una
excusa que sirve para todos hoy en día: periodistas, políticos, famosos...
Pero, ¿es eso cierto? ¿De verdad las redes sociales nos han hecho más
agresivos, mentirosos, envidiosos y desagradables? ¿O, sencillamente, casos tan
lamentables como el de Bimba Bosé nos muestran una realidad que
siempre ha estado ahí, pero que ni veíamos ni queríamos ver desde nuestros
acogedores círculos cerrados?
«Twitter no transforma a las personas, al contrario:
nos muestra su rostro real. Las redes son el mejor instrumento que tenemos para
ver a la gente tal y como es, sin la cobardía del cara a cara. Funciona como un
espejo fiel de la realidad», afirma Silvia Barrera, inspectora de Policía especializada en cibercrimen y autora
del libro Claves de investigación en redes sociales.
«Pero, cuidado, las redes han normalizado la agresividad, la han convertido en
algo que vemos a diario y no le damos importancia, y eso sí es un problema
porque a menudo las víctimas no se dan cuenta de cuándo un troll es algo más
que un troll, cuándo es un peligro».
Hablemos de trolles, pues. Aunque en
su origen el término trollear se refería al gancho utilizado por los ladrones
online para pescar víctimas, se ha popularizado para definir el comportamiento
de ciertos usuarios de redes sociales que pretenden desvirtuar la conversación
y generar una reacción en su interlocutor virtual mediante insultos, mentiras y
provocaciones varias. Como las cucarachas, sólo se gustan entre ellos, pero hay
millones y seguramente nos sobrevivan al resto. Todos los usuarios de redes
tenemos nuestro troll de cabecera. Yo tengo a Fel_blan.
Fel_blan es un tipo con una vida normal. Es abogado,
madridista y neoliberal. Sabe escribir correctamente, tiene gracia y considera
que casi todo lo que haga un barbudo de principios sospechosos como yo merece
un comentario. Negativo y/o ofensivo, por supuesto. Fel_blan también es líder
de manada, pues ha logrado con su ingenio un disciplinado ejército de
seguidores: un tuit suyo te garantiza una tarde animada.
Me parecía interesante para
este reportaje quedar con él: ponerle cara, que me explicara de
dónde saca horas y ganas para dedicar tanto tiempo a meterse con la gente, qué
satisfacción le genera... Pero olvidé un detalle clave: como buen troll, Fel_blan
sólo es valiente a distancia y se negó a quedar, alegando que
no quería robarme protagonismo cuando me dieran el Pulitzer. Una cobra en toda
regla.
«El troll tiene una percepción muy fuerte de su
virtualidad. Considera que Twitter no es el mundo real, que es un juego y que
todo vale. Insultan sin representar físicamente al otro, obviando así el daño
que le pueden causar, y por eso no quieren poner cara a sus víctimas», explica Fernando Miró,
catedrático de Derecho Penal y Criminología y director del centro Crímina.
Pero el anonimato y la ausencia de castigo, aunque
significativos, no son las principales motivaciones del troll. Diversos
estudios señalan al narcisismo (junto a la psicopatía) como el rasgo de
personalidad más frecuente en este tipo de individuos y, por tanto, la cuestión
que se plantean antes de actuar es: ¿qué pensarán los demás de mí si escribo esto?
¿Me hará más popular?. Y cuando miran a su alrededor llegan a
una conclusión: pueden ser agresivos porque en redes todo el mundo lo es.
Incluso el hombre más poderoso del mundo. Sí, señores, Donald Trump es un
troll orgulloso de serlo. Un hombre capaz de hacer público el
teléfono de un rival en las primarias o de tuitear cualquier barbaridad contra
medios de comunicación, programas de TV o contrincantes. Su uso de las redes
sociales durante la campaña fue una de esas sangrientas películas gore en las
que no quieres mirar y te tapas la cara con las manos, pero es imposible no
abrir un poco los dedos y observar de reojo porque hay algo magnético. Una
clase magistral de cómo hacer llegar tu mensaje a su destino... si te da
exactamente igual que sea cierto o no.
En EEUU, el fenómeno troll ha tenido un claro
posicionamiento político, al ser las redes la plataforma principal de la
llamada Alt-right, movimiento reaccionario, machista y antiinmigración que ha
resultado clave en el ascenso del nuevo presidente. «Se ha producido una
degradación del debate social y político que ha tenido como consecuencia el
aumento de la tensión y la agresividad. Trump lo vio claro. 200 millones de
personas tienen Facebook en
EEUU y casi un 50% dijo que sólo se informaba de política a través de esta red.
Era un medio perfecto para él: transmitía su mensaje en cápsulas sin
verificación ni contexto. La paradoja es que aumentando la calidad tecnológica
de las redes se ha empobrecido la dinámica de pluralidad, contraste e
inteligencia colectiva», analiza Antoni
Gutiérrez-Rubí, asesor de comunicación política.
En España no resulta tan sencillo encasillar al troll
medio. Sí existe el componente sexista (lo veremos luego), pero no el
ideológico: en cualquier debate la agresividad llega por los dos lados. «El troll en España no es político sino
envidioso. Como me molesta que tú seas conocido y yo no soy
nadie, mi manera de sentirme alguien es insultándote», afirma Daniel Lacalle, economista, rostro televisivo e
hiperactivo en Twitter desde 2009, la prehistoria de la plataforma.
«¡Insultarían hasta a Gandhi!», bromea Andrea Levy,
vicesecretaria del PP y tuitera militante, que lo mismo te pone un eslogan que
una canción. «Me tomo Twitter con desenfado, como una herramienta estupenda
para conocer a un montón de gente que se dedica a otras cosas y para permitir
que me conozca más aquel al que le interese, pero ha acabado por banalizarse el
insulto. Me dicen cosas que jamás escucho por la calle.
En Twitter no hay límites y el ruido lo puede todo, así que al final vas
limitando tu interacción a grupos concretos. Bueno, al menos se desahogan y
evitaremos algún infarto».
Se equivoca Levy: la Universidad de Pennsylvania
asegura que los tuits iracundos son un indicador de
infartos más fiable que la obesidad, el tabaco y la hipertensión.
Twitter es la red más afectada por el odio
virtual. Está valorada en unos 15.000 millones y es una de las pocas plataformas que
aún no ha sido adquirida por un gigante. Y lo ha intentado, pero... El año
pasado, cuando la venta parecía un hecho, Disney y Salesforce.com retiraron sus pujas. En ambos casos,
el fenómeno troll fue una de las causas fundamentales de la decisión. En 2015,
el entonces CEO de la compañía, Dick Costolo, reconoció el
problema y que la respuesta de la compañía había sido fallida: «Apestamos a la
hora de tratar con el abuso y los trolls. No es ningún secreto. Perdemos
usuario tras usuario por no afrontar sencillos problemas de trolleo a los que
nos enfrentamos cada día».
Desde entonces, Twitter recuperó a su fundador Jack Dorsey como máximo
ejecutivo y ha reforzado sus mecanismos de defensa, haciendo más fácil
denunciar las cuentas que el usuario considere inadecuadas y creando 45 equipos
en 45 idiomas diferentes para analizar cada tuit y detectar los problemáticos.
Pero es poner puertas al campo: cada 48 horas se escriben en el mundo 1.000
millones de tuits.
«Twitter es una gran herramienta para aprender,
debatir y compartir, pero también puede ser un espejo que refleje una imagen de
la sociedad que no nos agrada, pero una imagen que existe. No obstante, cuando
la comunicación se convierte en abusiva todo ese gran potencial se pierde y
evitarlo es nuestra misión prioritaria. Continuaremos aumentando el número de
herramientas disponibles [bloquear, silenciar...] para que los usuarios
controlen su experiencia y se sientan a salvo», responde Sinead McSweeney,
vicepresidenta de Public Policy de Twitter, cuando preguntamos a la compañía su
postura.
El problema es que bloquear al agresivo sólo es cerrar
los ojos. No ves sus tuits, no ves la violencia... pero ésta sigue ahí y a
veces se convierte en algo mucho más serio.
«Vivo sabiendo que no va a
terminar nunca, que estoy atrapada en Twitter junto a mi acosador». Lara Siscar, presentadora de
informativos de TVE, soportó cuatro años de acoso a través de redes sociales
antes de que la Policía detuviera a dos hombres en 2015. La cosa se solventó
con una simple falta y uno de ellos sigue con su obsesión. Crea cuentas
constantemente, ataca desde ellas y las borra de inmediato. A veces no duran ni
cuatro horas, así que cuando Twitter recibe la denuncia, el perfil ha
desaparecido y ahí muere el asunto. El acosador ha advertido a la periodista de
que si deja la red social, usurpará su identidad y le hará todo el daño posible
a su imagen. Por eso sigue ahí Siscar, cada vez menos activa, pero recibiendo
amenazas día tras día. La inspectora Barrera no esconde su frustración al
hablar de la relación entre la Policía y las compañías: «Twitter y Facebook
podrían hacer mucho más. A menudo no facilitan los perfiles que solicitamos
porque consideran que un tuit concreto no va contra su política. No entienden
que el problema nunca es un tuit aislado sino una actitud continuada, que el
insulto no es lo peor, que es más peligroso y significativo que den tu
dirección o tu teléfono. Ejercen de juez sin serlo».
El modus operandi suele repetirse. Primero, mensajes
de adulación y halagos intentando llamar la atención. Muchos. Demasiados. Si la
respuesta no les parece suficiente, se pasa a la queja: «No me haces caso, no
soy suficientemente bueno para ti». Cuando eso tampoco funciona, llegan el insulto
y la amenaza.
Barrera confirma que la
violencia en redes, de mayor o menor gravedad, es «eminentemente masculina y de
origen sexual». Algo que no sorprende a Siscar («Es puro machismo,
una necesidad de dominio que sólo sienten algunos hombres»), Levy («Sospecho
que, como mujer, me llegan tuits con proposiciones sexuales que no les llegan a
los políticos hombres; es el perfil del maltratador 2.0») o al criminólogo Miró
(«Todos los estudios muestran que el troll es hombre en un porcentaje superior
al de su participación en redes, igual que en cualquier comportamiento
antisocial»).
«Al ver que ese tipo de comportamientos son
constantes, le quitamos importancia. No te imaginas denunciando porque te digan
cosas desagradables en Twitter, te sientes estúpida por asustarte», explica
Siscar. Un tema que preocupa a la inspectora: «Hay mucha gente en redes
sociales que ni siquiera es consciente de que está siendo acosada. No hay
conciencia de que estamos ante un problema muy serio. El porcentaje de casos
que se denuncia es bajísimo».
Llegados a este punto, resulta evidente que quejarse
de Fel_blan me convierte en el tipo que se planta en Urgencias por una rozadura
en el pie.
Una y otra vez, volvemos al mismo punto: la
normalización de la violencia, el Twitter es así. ¿Hay solución?
«Se está produciendo una vuelta de tuerca a nivel
social, muchos chavales que se han cansado de esto, de la interacción por redes
sociales y lo que supone. Cada vez más deciden no entrar en ese mundo y ahora,
en vez de como bichos raros, se les mira con admiración. Creo que tendemos
hacia eso», dice Enric Puig, doctor en Filosofía y autor del libro La gran
adicción sobre... bueno, ya se lo habrán imaginado.
Un optimismo que no comparte Daniel Lacalle: «Twitter
es la democratización del matonismo. Hemos pasado del debate inteligente que
tuvimos, por ejemplo, durante el 15-M, al comentario palurdo. Más de la mitad de las
respuestas son eructos mentales. El insulto por el insulto. A mí el
mismo tuitero me ha llamado 'Fascista nieto de ministro' y 'Rojo hijo de
comunista'. Esa jauría de mermados va a acabar con Twitter.
Pensábamos que era el patio del recreo que habíamos soñado y al final sólo es
el patio del recreo que siempre tuvimos, con sus matones y sus palmeros».
Todo eso es cierto, pero ¿los tuiteros con un número
elevado de seguidores somos víctimas o cómplices de este fenómeno? Hay una
norma no escrita en Twitter por la que si retuiteas los elogios que te llegan
eres un pringado, un ególatra, un mendigo pidiendo aplausos. Sin embargo,
compartir los insultos, aunque sean muchos menos que los piropos, está bien
visto como un signo de sentido del humor y autocrítica. ¿Y los medios de
comunicación? Quejándonos constantemente del estado de la profesión para luego
correr a convertir en noticia cualquier tuit con potencial para atraer visitas.
«Tenemos el altavoz y se lo damos a los agresivos»,
comenta Antonio Maestre,
tuitero combativo, periodista de La Marea y habitual en tertulias de TV. «Y hay
medios como OK Diario o Periodista Digital que viven de
fomentar y buscar esa violencia, de lanzar a sus enemigos a las
fieras. En realidad sobrevaloramos la violencia de Twitter por una cuestión de
ego. Periodistas, políticos... Antes no te podían decir que lo que haces es una
mierda y ahora sí. El insulto es lo que menos duele a quienes se quejan de las
redes, lo que hiere a las estrellas es que les demuestren que se han
equivocado, que han hecho mal su trabajo. Los beneficios de esa fiscalización y
democratización superan con creces todo el odio que existe, que es cierto que
existe. Twitter es una traslación de lo que somos, ni más ni menos».
No logramos hablar de política sin pelearnos. Ni de
fútbol. Ni siquiera de Eurovisión. En Twitter todos
somos el más afectado por la muerte y el más emocionado por el premio. El más
sarcástico cuando das y el más ofendido cuando recibes. Todos sabemos que el
maleducado es el otro. El objetivo no es conversar, es ganar. Y sin embargo,
asoma un diagnóstico que nos une...
No es Twitter, somos nosotros. Todos nosotros. Incluso
Fel_blan.
COMENTARIO: Es verdad lo que dices. Además, ya se
sabe que el anonimato que otorgan las redes sociales permite que cualquiera
pueda decir cualquier cosa, y más en el tan glorificado twitter, que,
sinceramente, cada día pierde más peso como elemento de referencia en redes
salvo para comunicados de partidos y prensa. Porque ¿qué más se puede expresar
con tan pocas palabras? En lo personal solo se salvan los perfiles de humor.
Twitter está condenado a desaparecer en las próximas generaciones, y ya sé que
esto suena raro hoy día, pero conozco gente que se ha pasado al Facebook por
ser algo más maduro al permitir más contenidos y más debate. Es mi opinión,
claro está.LA RECORTA…


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