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miércoles, 30 de noviembre de 2016
Por qué duele tanto el rechazo En las relaciones sociales hay pocas cosas tan duras como sentirse excluido, menospreciado o rechazado por los demás
IGNACIO
MORGADO BERNAL
Bellaterra. 30 NOV 2016: Imagine que su grupo de amigos está planeando pasar
un fin de semana en una casa rural, pero resulta que en esa casa no hay sitio
para todos. Usted se entera de que sus amigos se han reunido y han decidido por
votación que usted es uno de los que no irán. Le han excluido. ¿Cómo se
sentiría? Seguramente mal. Quizá muy mal. En las relaciones sociales hay pocas
cosas que duelan tanto como sentirse excluido, menospreciado o rechazado por
los demás. A casi todo el mundo le ha pasado alguna vez, en la familia, la
escuela, los amigos, el deporte, el trabajo o la política. Prueba del dolor que
producen esas situaciones es que muchas de ellas quedan indeleblemente grabadas
en la mente, de tal modo que pasan a formar parte de la memoria autobiográfica
de las personas. ¿Por qué duele tanto la exclusión social? Los neurocientíficos
han estudiado lo que pasa en el cerebro de las personas cuando se sienten
socialmente rechazadas. Ya hace algunos años que un grupo de psicólogos y
economistas de las universidades de Nueva York y la Rutgers de Nueva Jersey
publicaron en la revista Science un
interesante trabajo que intentaba explicar la extraña conducta de quienes en
las subastas públicas apuestan cantidades superiores a lo razonable. Mediante
la conocida técnica de la resonancia magnética funcional decidieron observar
cómo se activaba el cerebro de 17 personas en el transcurso de juegos que
simulaban situaciones de competencia social como las que se dan en una subasta
pública. De ese modo observaron que los individuos que tendían a apostar más de
lo razonable solían ser los que, además de haber perdido apuestas
anteriormente, cuando perdían se les activaba más de lo normal su estriado, una
región del cerebro relacionada con procesos mentales de gratificación o
recompensa. Aunque las teorías económicas clásicas suelen relacionar ese
tipo de comportamientos con la alegría de poder ganar o con la aversión al
riesgo, los autores de dicho trabajo propusieron una explicación no
incompatible con las anteriores pero más interesante: la contemplación de la
pérdida en un contexto social, es decir, lo humillante que puede resultar el
verse derrotado en público y sentirse por ello devaluado por los demás. Así, el
“sobre apostar” sería una reacción emocional natural, quizá equivocada, pero
tendente a evitar el posible malestar ocasionado por nuevas derrotas públicas.
Algo así como una huida hacia adelante, podríamos decir.
Pero la sorpresa mayor llegó con un estudio
complementario, también de exclusión social, donde un grupo de científicos,
esta vez de las universidades de California en Los Ángeles y de Sydney en
Australia, observaron que a los jugadores de baloncesto a los que sus compañeros
no les pasaban pelotas (algo de lo que se ha quejado también recientemente el
jugador de fútbol madrileño Cristiano Ronaldo) y decían sentirse por ello
ignorados y excluidos se les activaba en sus cerebros la corteza cingulada
anterior, es decir, la misma área del cerebro que se activa con la sensación de
sufrimiento que acompaña al dolor físico de cierta intensidad y duración.
Parece entonces que el cerebro reacciona frente a la exclusión social
produciendo sentimientos muy parecidos a los que tenemos cuando se daña
físicamente nuestro cuerpo. ¿Cómo reacciona entonces quien se siente excluido o
derrotado? Generalmente ese duro sufrimiento dificulta el razonamiento de quien
lo padece para asumir si fuera el caso su propia responsabilidad en la
exclusión, por lo que lo más habitual que suele ocurrir es que el excluido
acabe generando inconfesables sentimientos de envidia y rencor, cuando no de
odio, hacia quienes considera verdaderos responsables de su fracaso.
Precisamente por eso, lo más especial llega con el tiempo, cuando el
considerado culpable de la exclusión fracasa, pues es entonces cuando aparece
en todo su esplendor la imagen especular de la envidia y el rencor: la alegría
y el regodeo del excluido o menospreciado por el fracaso de su oponente, de su derrotador. Es ese
un sentimiento para el que los alemanes han inventado un término que ya ha sido
adoptado también en otras lenguas: Shadenfreude (alegría
maliciosa). Es ese tipo de alegría que uno siente cuando al empollón de la
clase le suspenden una asignatura, cuando al listo de la oficina o del
laboratorio le rechazan una idea o la publicación de un trabajo, o cuando al
rival político, especialmente si es del mismo partido, no le van bien las
cosas. Es, en buena medida, lo que sienten los hinchas del Barça cuando pierde
el Madrid, o los del Madrid cuando pierde el Barça.
La Shadenfreude se acrecienta además en el
rencoroso agorero que acierta en su pronóstico sobre el próximo o futuro
fracaso de su oponente malhechor y lo ve como una reivindicación personal de su
posición. Puede corresponderse con el “cuanto peor para él, mejor para mí”,
frase que según algunos se atribuye a Vladimir Lenin en relación con sus
rivales y la política de su tiempo. La Shadenfreude es también una de las
mayores fuentes de hipocresía, porque, el que la tiene, aunque está contento en
su interior, se muestra aparente y falsamente preocupado. Así, puede decirle a
su oponente cosas como “es una pena que te hayan rechazado el trabajo, pues era
muy bueno” o “qué lástima que hayáis perdido, pues habéis jugado muy bien” o
también “es una pena que te hayan salido tantas arrugas, aunque no te sientan
mal del todo”. Igualmente, muchas veces oímos a los políticos considerar un
error ciertos comportamientos de sus adversarios y lamentarse por ello en sus
expresiones, cuando en realidad están encantados de que lo sean, pues eso les
beneficia. Y es que las lágrimas de cocodrilo son un producto de la mente
humana que no escasea en nuestras competitivas sociedades.
COMENTARIO: Gracias. Estos
artículos me parecen una invitación a la sección de autoayuda de tu híper más
cercano. Y claro, cuando lo social no sale todo lo bien que esperas, no sé por
qué se tiende más a sentir culpa que a poner solución. Cosas de la educación y
el marketing, supongo. Alejarse de probables fuentes de daño es instintivo o
debería serlo. Y en esas fuentes de daño se incluyen personas y relaciones.
Tenemos un miedo atroz a la soledad. Y eso sí que creo que es educacional y
debería afrontarse. La educación emocional es muy deficiente y está plagada de
concepciones erróneas. Y creo que estas charlas que se dan ahora en los
colegios se hacen con estudiantes quizá demasiados mayores. Desde mi punto de
vista una autoestima sana se construye mucho antes. Ahí en los planes de las
guarderías se podría, a través del juego, introducir pautas de pensamiento más
racionales sobre las relaciones con otros. Pero, vamos, que yo no paso de
aficionada, sufridora de sus cósicas en su día, que comparte alegre y
veleidosamente su opinión.LA RECORTA…
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