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jueves, 24 de noviembre de 2016
ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE FREDDIE MERCURY 25 años de la muerte de Freddie Mercury: Así vivió sus últimos días El músico trató de conferir normalidad a su vida hasta sus últimas consecuencias, trabajando a destajo
CARLOS PÉREZ
DE ZIRIZA. 24 NOV 2016: En febrero de 1987, Prince editaba un single mayestático
-que diseccionaba algunos de los males de los años 80 con sintética
clarividencia- en cuya primera línea de texto se hacía referencia, sin
nombrarlo, al SIDA. Solo dos meses más tarde, aquella “gran enfermedad con un
nombre pequeño” que el genio de Minneapolis empleaba para descorchar el rotundo
relato de Sign O' The Times se
colaba ya en el organismo de Freddie Mercury, pese a que él se empeñara en negarlo ante una prensa
ávida de sensacionalismo barato. Al menos si hay que creer a Jim Hutton, quien
fuera pareja del líder de Queen durante sus últimos seis años de vida, Freddie Mercury fue la primera celebridad del mundo del rock en
engrosar la lista de víctimas ilustres de la enfermedad, pero nada le hizo
desistir de su deseo de aparentar normalidad y seguir trabajando hasta el
último aliento. Hasta el punto de que tuvo que ser el 23 de noviembre de 1991,
a tan solo 24 horas de su muerte, cuando por fin emitió un comunicado público
para anunciar que había contraído la fatal enfermedad. El secretismo de Freddie
Mercury se contradecía con el aspecto que mostraba en sus ya
intermitentes apariciones públicas, pero se amoldaba al carácter de un músico
que, en abierto contraste con su explosividad escénica, tenía aversión por las
entrevistas y cualquier clase de exposición pública de su intimidad. Las pistas
eran más que evidentes: la banda ya no había girado para promocionar The
Miracle(Capitol, 1989) y la aparición del cuarteto para recoger el premio Brit
por su contribución a la música británica, el 18 de febrero de 1990, mostraba
al vocalista con un aspecto físico muy desmejorado, extremadamente delgado y
pálido.
Quizá sea ese deseo por el que el
trabajo de la banda siguiera su curso con normalidad el que explique por qué
Queen no tramaron, en ningún momento, un álbum-testamento a la manera del
último Bowie. Aunque cualquiera que prestase algo de atención al single These
are The Days Of Our Lives, grabado en mayo de 1991, adelanto de Innuendo (y
a su sombrío videoclip, rodado en blanco y negro), podría darse cuenta de
que su letra suponía todo un epitafio vital, aunque fuera a través de un texto
que el batería Roger Taylor escribió originalmente pensando en su prole, y que
no tardó en mutar en último adiós a su frontman. En cualquier caso, la
última canción en la que intervino Mercury fue Mother Love, luego incluida
en el póstumo Made In Heaven (Hollywood, 1995), tal y como reconoció
un Brian May que no tuvo reparo alguno en reclutar años mas tarde a Paul
Rodgers (Free) o a Adam Lambert (concursante de American Idol) para
reactivar la marca Queen en pleno siglo XXI. Sí, el show debía
continuar, pero cabe preguntarse si a cualquier precio.
Desde el 24 de noviembre de 1991, la
casa de Freddie
Mercury en Kensington (Londres) se convirtió en lugar de
peregrinaje para fans y devotos. Y la música de Queen, tan cuestionada en su
momento por gran parte de la crítica (los adustos 90, con la aflicción grunge,
el eufórico pero sobrio tradicionalismo brit pop o la amenazante
tensión pre-milenio del trip hop, no mezclaban nada bien con sus fuegos de
artificio), comenzó a ser vista con otros ojos y a relativizarse desde la
distancia. No en vano, el transformismo escénico de Lady Gaga -su propio nombre
artístico lo revela- o la ampulosidad de Muse son, para bien o para mal, hijos
de los vigorosos y apabullantes modos escénicos de un artista cuyo personaje se
impuso a todos y cada uno de los estilos con los que flirteó, ya fuera el rock
progresivo, el hard rock, la música disco o el bel canto.
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