Oír a Francisco Correa, la cabeza visible de
la Gürtel, es entender en qué terminó convertido el bipartidismo español. Y
hiere tanto el saqueo como la desvergüenza con la que se cuenta. Y la
conspiración política se sitúa a la altura de cómo se argumenta. ¿Se puede
declarar sin sonrojo como ha hecho el portavoz de la Gestora del PSOE que
“investir a Rajoy servirá para “sanar el daño” que hizo el PP”? Modistos y
curanderos por el mismo precio.
Produce indefensión comprobar que, cuando más
ansias de cambio se pedían y se precisaban, vuelve a triunfar esa concepción de
la política que consiste en sacar provecho de la sociedad que te ha dado las
llaves del poder, sin el menor escrúpulo en saquearla. Y pensar que a unos
cuantos millones de personas les da absolutamente igual que nos roben a todos.
Y que emigrar empieza a no ser una opción porque puedes toparte con la Raza
Brexit, que no te deje ni entrar en su paradisiaco país, o que te lo impidan en
el resto de países que abrazan con igual ceguera la ultraderecha xenófoba y
nacionalista.
Habrá tiempo de analizar el Golpe de Octubre
en España que está a punto de mandarnos otra vez a la historia de la infamia;
lo importante ahora es salir de la ira y el estupor para volver a preguntarse
si ser decente vale la pena. Si buscar el bien común tiene algún futuro. Si
mantenerse en pie es preferible a la técnica para avanzar en el poder que
definía Heinrich Mann enEl
súbdito: “Para arriba encorvarse, para abajo pisotear”. Estos días,
el festejo del día 12 en particular nos dejó pruebas hasta gráficas de ello.
¿Y qué hacer? “La resistencia es,
seguramente, ese descubrimiento. Así que todas las apelaciones al desastre
total, corrupción endémica y demás no suelen contribuir a la resistencia, sino
que consolidan la reacción y niegan la posibilidad de oponer fuerza a la
violencia del otro. Pero la resistencia no debe formar parte de la duda.
Incluso si se cree que las cosas no tienen remedio, existe la obligación de
estar decidido a cambiarlas”, escribía aquí la periodista Soledad Gallego-Díaz
en un estimulante artículo apelando a los “veranos invencibles”. (Puedes leerlo
pinchando aquí).
No es solo cuestión de dignidad --que
también--, pero no son solo valores éticos los que han de ser invocados. Las
sociedades desiguales e injustas funcionan peor que las igualitarias y libres.
En las primeras aumentan las tensiones sociales, las enfermedades, los
problemas mentales. Se reduce la esperanza de vida. Crece la violencia. Las
sociedades con mayor respeto a los derechos sociales, a los derechos en
general, responden mejor a las crisis. Son incluso más competitivas.
Desde ese punto de vista pragmático, una
sociedad más abierta permite desarrollar el potencial de distintos modelos de
creatividad, es más plural y rica. Las monolíticas --y más si el grupo
dirigente es como el que se dibuja ahora en España, ultraconservador y muy
cerrado en ideas-- se vuelca en crear zotes que se parezcan a ellos mismos. Ese
pavoroso prototipo de la mediocridad. Su forma de rechazar la diferencia no
conoce sino la represión y la trampa. No renta apostar por la injusticia. Basta
ver las consecuencias de estar gobernados por personas con alma de general o
sargentos chusqueros.
¿Dónde estaríamos sin aquellos cuyo esfuerzo
hizo avanzar a la Humanidad? Desde Copérnico a Darwin, a Newton, a Fleming si
se quiere, a quienes siguen avanzando en el conocimiento científico. Algunos de
ellos se dejaron más que la piel en su batalla contra la intolerancia. Que se
lo digan a Hypatia de Alejandría. ¿Y dónde sin todos aquellos que prefirieron
la firmeza de sus convicciones, el valor, a bajar la cerviz y tragar? Rosa
Parks cuando se negó a bajarse de aquel autobús para blancos en Montgomery. Sin
quienes cada día siguen dando ejemplos de dignidad y de coraje en los mares de
la vergüenza europea y todos los campos de la codicia.
¿El mal gana siempre? Muchas veces,
demasiadas. Aunque no todo el que se arrastra consigue levantar al final la
cabeza del barro. La maldad, la bajeza, la trampa, no vacunan contra la caída.
A veces todo lo contrario, siempre habrá alguien más rastrero dispuesto a
auparse sobre quien sea sin mover un músculo.
Nos acaban de hacer Nobel de Literatura a Bob
Dylan. Nos lo han hecho en particular a aquellos que crecimos en varias
primaveras de sueños de libertad, resistentes y fructíferos como los veranos
invencibles. Sembrando bajo los adoquines las raíces de la posibilidad. Porque
una cosa es retroceder, como está haciendo esta sociedad, y otra regresar a las
ideas que nos sustentaron en tiempos de avances. Ya son de todos. De los que
tengan vista y coraje. Para volver a convencerse de que los tiempos están
cambiando y sumergirán como una piedra a los que se niegan a nadar con todos.
La respuesta existe. Vuela libre en el
viento. Quizás ayude pensar que no solo hay héroes y tiranos, que la mayoría
son simplemente arrastrados por la corriente.

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