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sábado, 10 de septiembre de 2016
La infernal máquina de desempleo y pobreza que nadie quiere parar Aunque es el bloqueo político lo que copa los titulares de los diarios, hay otro bloqueo mucho más dramático y terriblemente costoso, cuyo origen no se remonta siete meses atrás sino décadas.
Javier Benegas-Juan M. Blanco: El pasado
verano, dos ingenieros reconvertidos en empresarios se lamentaban amargamente
de las enormes dificultades que entrañaba poner en marcha un negocio en España.
Habían sido advertidos del horror de iniciar cualquier actividad empresarial
algo más sofisticada que la apertura de un bar de barrio, pero jamás imaginaron
el infierno en el que se iban a introducir. “Es de locos –se lamentaba uno de
ellos–. Hemos gastado un dineral sólo en cumplir trámites administrativos. Y
aún no hemos resuelto ni la mitad”. Y entonces empezó a sudar imaginando
el papeleo que vendría después, la selva en la que se internarían cuando
quisieran distribuir sus productos en17 autonomías con normativas discordantes. A su socio sólo se le ocurrió rebajarle la tensión
arterial recurriendo al refranero: “Tranquilo, fulano. Cuando lleguemos a ese
puente ya lo cruzaremos”… Pero en España no hay puentes. Quien se atreva a
cruzar al otro lado debe hacerlo a nado. ¿Se acabarán ahogando nuestros dos
amigos, como muchos otros antes que ellos? Lo veremos más adelante. Pero, por
ahora, este episodio sirve para suscitar varios interrogantes ¿Por qué existen
tantas trabas al establecimiento de empresas, a la actividad económica creadora
de empleo? ¿Se trata de ignorancia o quizá de mala fe por parte de los
gobernantes? ¿Cómo resolver el problema?
La corrupción:
el secreto a voces del abuso administrativo
Un caso africano sucedido hace pocos años
puede aportar algunas respuestas. Dennisera un empresario inglés que intentó abrir una fábrica
de refrescos en Tanzania. Previamente había calculado los costes de producción
y distribución concluyendo que podría vender bebidas gaseosas a precios mucho
más económicos que la filial de una multinacional que copaba aquel mercado. Y
estaba en lo cierto pero... había pasado por alto un detalle crucial. Las leyes
que regulaban allí la actividad industrial eran anormalmente complejas y enrevesadas, obligando a realizar infinidad de larguísimos y
penosos trámites que, misteriosamente, nunca se resolvían.
Dennis descubrió que, según se adentraba en
aquella jungla administrativa, las mordidas eran cada vez más sustanciosas
Con el tiempo, Dennis descubrió que los
expedientes sólo progresaban si, en cada escalón, sobornaba a los burócratas de
turno. Pero también que, según se adentraba en aquella jungla administrativa,
las mordidas eran cada vez más sustanciosas. Desesperado, decidió apelar
directamente al gobierno. Y logró ser recibido por el ministro de industria.
Animado, pensó que por fin vería la luz al final del túnel, pues estaba seguro
de convencerlo con el sólido argumento de la creación de empleo en una zona
especialmente deprimida. Sin embargo, lo único que obtuvo del encuentro fue un
consejo: que contratara a un abogado mejor. Desconcertado, Dennis sólo acertó a
preguntar al ministro si conocía algún letrado especializado. Y éste le
respondió: “Yo mismo puedo llevarle el caso: soy un estupendo abogado”.
Hace décadas, los economistas aún pensaban
que la corrupción era un mal menor. Una reacción de la sociedad para superar
las trabas a la actividad económica. Aunque autoridades bienintencionadas, pero
torpes e ignorantes, impusieran regulaciones muy restrictivas y perjudiciales,
los sobornos conseguían una aplicación mucho más laxa de las normas y la
agilización de los trámites, permitiendo la apertura de nuevas empresas y la
creación de empleo. Así pues, aunque la corrupción fuera moralmente
inaceptable, tenía una contrapartida: engrasaba la maquinaria de la
economía.
Esta ingenua visión cambió radicalmente
cuando se comprobó que las regulaciones extraordinariamente complejas, y
necesariamente contradictorias entre sí, no surgían de manera inocente, sino
que eran establecidas por los propios gobernantes para crear
zonas de sombra donde proliferasen las oportunidades de enriquecimiento
ilícito. Su
objetivo era, pues, restringir la libre competencia generando una compleja
maraña normativa, de manera que sólo unas pocas empresas acapararan el mercado
y obtuviesen pingües beneficios que compartían con los políticos a través de
pagos ilegales. Los requisitos y normas debían ser lo suficientemente complejos
como para permitir a las autoridades decidir arbitrariamente. Por tanto, los Estados donde existen más
dificultades para abrir empresas, suelen ser también los más corruptos; y a
mayor cantidad y complejidad de leyes y normativas, mayor es la corrupción.
Un problema
perfectamente identificado…
En efecto, el exceso de normas favorece la
discrecionalidad en las decisiones públicas. Así, las autoridades pueden, en la
práctica, decidir interesadamente a quienes otorgan un privilegio mientras, en
apariencia, cumplen las reglas. A la hora de conceder una licencia, un permiso
para operar en un sector o una contrata pública, la Administración encontrará en
todos los casos alguna argucia legal para favorecer a los “amigos” y, a la vez, algún
requisito que no cumplan las empresas o particulares que deben quedar
excluidos.
La experiencia de Dennis es llamativa pero
no extraordinaria. Sobre el papel era fácil mejorar el precio final de los
refrescos, pero en su ingenuidad pasó por alto costes fundamentales: los
relativos a sobornos, mordidas y comisiones. En este ejemplo, el coste de la híper
regulación, y de la consiguiente corrupción, acababa recayendo sobre los
consumidores del país africano en forma de sobreprecio. Sin embargo, otros
tipos de corrupción, como los relacionados con la licitación de obra pública,
trasladan la carga al contribuyente en forma de sobrecostes. En uno y otro
caso, es el ciudadano corriente, al comprar o pagar impuestos, quien se
empobrece. Pero también infinidad de empresarios que o bien no pueden abrir su
negocio o bien se ven impedidos para prosperar y crecer. Una cadena de sucesos que desemboca
en el desempleo, en un
endeble tejido económico de empresas minúsculas y en la abundancia de contratos
precarios.
No es ya que siguieran sin poder vender una
rosquilla, es que ni siquiera tenían permiso para enchufar la fotocopiadora a
la red eléctrica
Pero regresemos a nuestros valientes
empresarios. Después de meses de trámites, de cumplimentar innumerables papeles
y gastar grandes cantidades de dinero, no es ya que siguieran sin poder vender
una rosquilla, es que ni siquiera tenían permiso para enchufar la fotocopiadora
a la red eléctrica. Impertérritas, las Administraciones no aflojaban el lazo,
como si prefirieran verles ahorcados antes que creando puestos de trabajo. Como
contraste, en otros países de nuestro entorno ya habían abierto, durante ese
tiempo, dos establecimientos. Y no porque las administraciones de esos países
no vigilaran celosamente el cumplimiento estricto de la normativa sino porque
allí era mucho más clara y sencilla.
…que no
interesa solucionar
Aunque es el bloqueo político lo que copa
los titulares de los diarios, hay otro bloqueo mucho más dramático y
terriblemente costoso, cuyo origen no se remonta siete meses atrás sino
décadas: es el bloqueo a la creación de riqueza. Así, año tras año, España
aparece en los últimos lugares del informe Doing
El caso de estos dos ingenieros es uno más
en esa lista interminable de empresarios que se estrellan contra las murallas
administrativas que erigen el Gobierno Nacional, las Comunidades Autónomas y
los Municipios. Muros que no sólo impiden el paso a empresas más o menos
sofisticadas, sino también a negocios tan convencionales como puede ser un
taller de reparación de automóviles, cuya apertura requiere una maraña de
prolijos y costosos trámites, hasta el punto de que pueden suponer un 35% del total del
capital desembolsado,
incluida la compra de todo lo necesario para poder reparar algún que otro
automóvil.
Ante este formidable problema, verdadero
nudo gordiano de una economía secularmente frágil, con un desempleo estructural
disparatado, el acuerdo que firmaron PP y Ciudadanos
es una aciaga señal de lo que nos espera, otro duro revés a la esperanza de que algo mejore en
el futuro, pues en lugar de proponer sin ambages la radical simplificación de
la legislación, in claris non
fit interpretativo, se
dedican a proponer más leyes para resolver los problemas que crearon las
anteriores. ¡Y también más organismos para reconducir el funcionamiento
perverso de los ya existentes! Es decir, añadir más burocracia y más
burócratas para
vigilar a la burocracia y a los burócratas actuales, en un círculo vicioso que
acaba en el infinito.
Para colmo, el documento señala con un
lenguaje indescifrable que pretende "mejorar la financiación pública
de sectores estratégicos a través de la creación de fondos de inversión
públicos de match-funding que coinviertan con capital especializado (siguiendo
el ejemplo del exitoso programa Yozma en Israel), mejorando los programas
existentes (Fondos Invierte, ICO, CDTI, SEPIDES, etc.). Y establecer un
Programa de Fomento del Capital Semilla (inspirado en el exitoso Seed
Enterprise Investement Scheme británico) que favorezca el desarrollo de
StartUps en España. Se recuperará la deducción previa por la remuneración
mediante “stock options” para las StartUps y se ampliarán los beneficios
fiscales en el IRPF para los inversores de proximidad. También, impulsar el
crowdfunding como método de financiación alternativa para los emprendedores y
las StartUps".
Antes de proponer cocinar StarUps, match-funding,crowdfunding, Seed
Enterprise Investement Scheme y
demás sofisticados platos, en España hemos de poder cuajar una vulgar y
proletaria tortilla de patata
No es ya que este tipo de literatura se
encuentre en las antípodas de las perentorias necesidades de los empresarios,
autónomos y trabajadores españoles, o que el lenguaje empleado parezca propio
de un club de intelectuales estupendísimos que pretenden epatarnos
aprovechando que España es un país un tanto acomplejado, donde impresiona mucho
aquello que no se entiende, es que antes de proponer cocinar StarUps, match-funding, crowdfunding, programas Yozma, Seed Enterprise Investement Scheme y demás sofisticados platos propios de
economías muy desarrolladas, en España hemos de poder cuajar una vulgar y
proletaria tortilla de patata. Tal vez piensen que los problemas empezarán a
resolverse si el dueño de un taller de mecánica, en lugar de afrontar menos
trabas y barreras administrativas, se convence de que su modesto negocio es
ahora una StarUp de servicios para la automoción
financiada por Crowdfunding y Seed
Capital.
Lo señaló con cierta perspicacia José Ortega y Gasset: "cualquier pelafustán que ha estado seis meses en un
laboratorio o seminario alemán o norteamericano, cualquier sinsonte que ha hecho un descubrimiento
científico, se repatría convertido en un «nuevo rico» de la ciencia, en un parvenu de la investigación, Y sin pensar un
cuarto de hora (...), propone las reformas más ridículas y pedantes". Al
menos Mary Poppins lo expresaba de forma mucho más original y simpática: supercalifragilisticoespialidoso...
Y, al contrario que ciertos taumaturgos postmodernos, era capaz de volar con un
paraguas.
COMENTARIO: Si las cosas fuesen sencillas, ¿qué
"trabajo" tendrían tantos políticos, tantos funcionarios públicos,
¡miles y miles!, tantos abogados, ¡miles y miles!, y... tanta gente que copa
los medios de comunicación...?
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