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sábado, 3 de septiembre de 2016
¿Es tan urgente un gobierno como pretenden vendernos? Hay un mensaje que Rajoy y sus hordas mediáticas han emitido con tan denodada insistencia que finalmente ha sido asimilado por la opinión pública como verdad revelada: que España necesita urgentemente, a toda costa, a cualquier precio, un gobierno.
Javier Benegas. Juan M. Blanco
“Es monstruosa, inconfesable, esa
contradicción de perpetuar el mal para garantizar el bien. La contradicción que
hace de mí un hombre cínico e indescifrable […] Todos piensan que la verdad es
justa... pero conduce al fin del mundo. Y no podemos consentir el fin del mundo
en nombre de la justicia. Nosotros tenemos un mandado, un mandato divino. Hay
que amar mucho a Dios para entender la necesidad de hacer el mal para
conseguir el bien. Esto Dios lo sabe, y yo también lo sé.”
La cita pertenece a un monólogo ficticio de
la película Il
Divo (2008)
donde el personaje de Giulio Andreotti hace examen de conciencia y admite su culpa en los
turbios asuntos de la política italiana. Pero se trata de un falso acto de
contrición pues lo que pretende realmente es justificarse a sí mismo,
argumentando que, muy a su pesar, el mal es un medio necesario para alcanzar el
bien. Y aplicarlo es el tremendo sacrificio del político, del verdadero hombre
de Estado.
Para Rajoy, gobernar a toda
costa, aferrarse al poder, continuar en la poltrona para que
nada cambie, es la manera de perpetuar el mal para garantizarnos el bien
Salvando naturalmente la estatura política
que separa a ambos personajes, diríase que Mariano Rajoy parece ver el mundo de manera parecida. Para él,
gobernar a toda costa, aferrarse al poder, continuar en la poltrona para
que nada cambie, para que España siga degradándose -es decir, hacer el mal-, es
la manera de garantizarnos el bien. El mal en este caso consiste en
considerar el poder un fin en sí mismo, no un medio para conseguir más libertad, mejor participación,
crecientes oportunidades para los ciudadanos. Y, al igual que el ficticio
Andreotti, diríase que Rajoy cree que la verdad puede ser contraproducente,
peligrosa. De ahí sus apelaciones al “sentido común” y… su empeño en silenciar
al discrepante, en condenar al ostracismo a los que no se avengan a propagar
sus consignas, a quienes denuncien que el rey está desnudo.
Un gobierno ¿para
qué exactamente?
Hay un mensaje que Rajoy, y sus hordas
mediáticas, han emitido con tan denodada insistencia que finalmente ha sido
asimilado por la opinión pública como verdad revelada: que España necesita
urgentemente, a toda costa, a cualquier precio, un gobierno. Por eso, la
investidura de Mariano constituiría un suceso inevitable, imprescindible al que
nadie debe oponerse. Un mal que, sin embargo, garantizará el bien de la
colectividad… ¿o no?
Se trata, más bien, de un argumento falaz.
Porque lo importante no es el ejecutivo, tampoco el presidente, sino la línea
política, las reformas, la filosofía; en definitiva, el pensamiento que
inspirará las decisiones de un gobierno. Sin embargo, grandes empresarios,
muchos periodistas y demasiados columnistas de opinión se empeñan en poner el
carro delante de los bueyes pregonando que lo imprescindible es la formación de
un ejecutivo... con independencia de la línea que pudiera seguir después.
Fieles a este guion, algunos grandes
empresarios repiten que "la incertidumbre es nefasta para los
negocios", una melodía pegadiza, sin duda, pero con letra poco verosímil.
¿No generaría más incertidumbre un ejecutivo en minoría cuya imprevisible
política sería resultado de cambalaches, componendas y trapicheos con otros
grupos? En España, donde las leyes se promulgan a granel, y las normas cambian
de forma acelerada, un gobierno en funciones tiene ciertas ventajas: se
encuentra limitado para modificar arbitrariamente las reglas del juego. Así,
aunque en las alturas se muestren inquietos, la interinidad del gobierno
implica menos incertidumbre para la sociedad pues pone coto a la continua
ocurrencia, capricho o antojo del ejecutivo de turno.
Más allá de lo que trinen los líderes y
pregonen los medios, el ciudadano de a pie no ha notado
los supuestos perjuicios de la ausencia de gobierno. Un fenómeno que no se debe, como ha apuntado cierto
zascandil, a que muchas competencias se encuentren transferidas a las
Comunidades Autónomas, sino a que la Administración, sea nacional, autonómica o
local, es una máquina burocrática que funciona por sí misma, con independencia
de que el gobierno se encuentre en funciones o en mandato pleno.
Lo importante no es el ejecutivo, tampoco el
presidente, sino la línea política, las reformas, la filosofía; en definitiva,
el pensamiento que inspirará las decisiones de un gobierno
Sin embargo, grandes empresarios,
intelectuales y periodistas de partido necesitan saber urgentemente quién
diablos repartirá el pastel en esta España de favoritismo, apaño y enjuague, a
quién deben rendir esa pleitesía que les garantice una vida muelle. Los grandes
sectores empresariales porque dependen de un intenso intercambio de favores con
el poder político; ciertos periodistas porque sus nóminas, y la
continuidad de sus medios, dependen de ayudas oficiales o de la publicidad que
contratan las empresas que actúan en connivencia con los gobernantes.
Por ello, demasiados creadores de opinión,
rompiendo el compromiso de honestidad intelectual con sus lectores, escriben al dictado de consignas recibidas
desde arriba. Resulta más
rentable seguir la estela de la propaganda oficial que desvelar esa verdad que
acarrea "el fin del mundo". Para estos mayordomos debe haber cuanto
antes un gobierno... que favorezca sus intereses, despellejando a Pedro Sánchez por no facilitar una investidura como sea. Eso sí,
cualquier observador imparcial reconocería que ninguno de los dirigentes
actuales posee cualidades ni actitudes adecuadas para ser investido presidente
y formar el gobierno que España necesita.
Más de lo mismo
Frente a esta dinámica perversa, el acuerdo de PP y Ciudadanos es
pólvora mojada. 150 medidas que
dejan helado al ciudadano consciente, no maleado por la incesante propaganda.
Aun siendo algunas bienintencionadas, las propuestas acaban desembocando en el
"mar de lo mismo", esa línea arbitrista, paternalista y gastadora que
pretende resolver con una nueva ley el problema que creó la anterior. Es un
pacto que, de aplicarse, generaría más burocracia, más legislación, más
organismos para colocar a los partidarios... cuando la solución es precisamente
recortar todo ello. Especialmente la legislación, que debe ser podada
con vigor, simplificada hasta
que quede en lo verdaderamente imprescindible.
Tampoco parecen percatarse de que los pactos anticorrupción son tan
absurdos como las inanes comisiones parlamentarias de investigación, donde nunca se descubre nada. Cuando la corrupción
no es individual, sino organizada, no hay pacto, acuerdo o ley capaz de atajar
el ubicuo enriquecimiento ilícito. Como también es disparatada la intención de
profundizar en la proporcionalidad del sistema electoral. Señores, no intenten
tomarnos el pelo: la proporcionalidad no mejora la
representación del ciudadano, sólo la de los partidos. Y constituye una deriva que conduce a la Italia de
Giulio Andreotti, la que cebó los escándalos de Tangentopoli.
Somos pocos, pero
tenemos razón
Perpetuar el mal
nunca garantiza el bien. El mal,
es decir, la corrupción, la degradación, terminan infectándolo todo y el
cinismo alcanza cotas insoportables. Otro conocido dirigente italiano de la
época, Bettino Craxi,
es prueba de ello. Acorralado por los jueces, no negó haber cobrado sobornos.
Más bien trató de justificarlos aduciendo un argumento similar al del
cinematográfico Andreotti, pero ya sin la elegancia del taimado
Giulio. Declaró que el cobro de comisiones ilegales era común a todas las
formaciones, la regla general de actuación. Que la corrupción era el coste de
la política, el mal que la sociedad debía aceptar para mantener
una democracia de partidos.
Pero, claro, olvidó señalar que la mayor parte de los sobornos iba directamente
al bolsillo de los dirigentes, no a financiar los partidos.
El verdadero servicio que grandes
empresarios, periodistas, intelectuales y columnistas pueden prestar a sus
conciudadanos es abogar por una profunda reforma política
Al final, afloraron en Italia tramas
corruptas que enraizaban en todas las estructuras administrativas del
país. Los jueces imputaron a más de la mitad del parlamento, disolvieron
400 ayuntamientos y comprobaron que las grandes empresas pagaban anualmente más
de 4.000 millones de dólares en sobornos. Los partidos tradicionales sufrieron
un cataclismo electoral, desaparecieron del mapa. El sistema electoral italiano
fue sustituido por uno mayoritario y, durante algunos años se redujo la
corrupción, hasta que la contrarreforma devolvió el sistema al punto de
partida. Lo que, ya puestos, demuestra que, en sistemas políticos como el
español, completamente podridos, las reformas deben ser profundas,
radicales, continuadas. Nunca
tímidas, puntuales o vergonzantes. Tampoco traducirse en una serie de inconexas
soluciones arbitristas que, una tras otra, se disolverán como gotas de agua en
el cenagal del inmovilismo y la corrupción. Máxime cuando aquí, en España,
carecemos de esas estructuras empresariales, de esos intelectuales, de esa
sociedad civil de la que, pese a todo, sí dispone Italia.
La clave no está
en contar con un gobierno cuanto antes: el verdadero servicio que grandes empresarios, periodistas,
intelectuales y columnistas pueden prestar a sus conciudadanos es abogar por
una profunda reforma política, dirigida a instaurar instituciones neutrales e
independientes, contrapesos, mecanismos eficaces de control del poder, sistemas
de representación directa, adecuados métodos de selección de los gobernantes y
una prensa libre e independiente. Unas transformaciones profundas que eliminen
barreras, neutralicen el perverso sistema de intercambio de favores e impulsen mecanismos basados en el mérito y
el esfuerzo, no en las relaciones, la influencia o la amistad. Esto es lo que realmente puede beneficiar al
ciudadano de a pie; nunca una investidura a toda costa para que la manivela del
BOE vuelva a girar sin control, garantizando el reparto de favores... a los de
siempre. Que no les engañen, el resultado de la votación de este viernes
pasado no es producto del bloqueo, del sabotaje, sino del agotamiento
de esa política que perpetúa el mal para, se supone, garantizar el bien y...
de sus recalcitrantes candidatos.
COMENTARIO: "Al final, afloraron en España tramas corruptas
que enraizaban en todas las estructuras administrativas del país. Los
jueces imputaron a más de la mitad del parlamento, disolvieron 400
ayuntamientos y comprobaron que las grandes empresas pagaban anualmente más de
4.000 millones de dólares en sobornos. Los partidos tradicionales sufrieron un
cataclismo electoral, desaparecieron del mapa. El sistema electoral español fue
sustituido por uno mayoritario y, durante algunos años se redujo la corrupción,
hasta que la contrarreforma devolvió el sistema al punto de partida. Lo que, ya
puestos, demuestra que, en sistemas políticos como el español, completamente
podridos, las reformas deben ser profundas, radicales, continuadas. Nunca
tímidas, puntuales o vergonzantes."
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