Antonio M. Figueras
vozpopuli.com: Las elecciones legislativas del 20D han dejado un
Parlamento fragmentado y puesto en evidencia el bipartidismo que dominó la
política española de los últimos cuarenta años. El panorama resulta
inquietante: a la dificultad de formar Gobierno se une el desafío
independentista catalán, al que pronto tal vez se sume el sabelianismo vasco.
Se veía venir. Desde antes de la
convocatoria de las elecciones legislativas, algunos “popes” de la política ya
retirados empezaron a sugerir la necesidad de un Gobierno de concentración. El
expresidente de Gobierno y socialista Felipe González ha sido el más claro.
Pero siempre se ha encontrado con la oposición de Pedro Sánchez.
Este Gobierno tendría un límite
temporal, que podrían ser dos años, y el mandato de reformar la Constitución.
La modificación de la Carta Magna necesita 3/5 de los votos del Parlamento. De
ahí la necesidad de encarar el proyecto con una base suficiente. Este gran
Ejecutivo tendría representantes de todos los partidos que lo acepten y se
incorporarían independientes.
Pero, ¿qué se entiende por Gobierno
de concentración? Santiago Carrillo, secretario general del PCE, fue el
abanderado durante la Transición de este tipo de fórmula para atajar la crisis
política. Está claro que la interpretación va por barrios. El poco o nada
previsible pacto PP-PSOE podría ser calificado como Gobierno de concentración,
aunque dejara fuera a Ciudadanos, Podemos y el resto de partidos.
Otra derivada es considerar un
hipotético Gobierno de concentración de los denominados partidos
constitucionalistas: PP, PSOE y Ciudadanos. Pero, ¿quién lideraría esta opción?
Sería necesario un candidato de consenso. Según han publicado distintos medios,
el expresidente Felipe González aboga por Javier Solana para este propósito.
Este tripartito o gran pacto cuenta con poderosas dificultades. Sabe Pedro
Sánchez que sus votantes no le consentirían integrar una gran coalición con el
PP. Y que en las próximas elecciones el PSOE quedaría reducida a su mínima
expresión. ¿Y con Podemos? Una
reforma constitucional de calado requiere que se retome la palabra y el
espíritu de moda de la Transición, consenso. En aquellos entonces todos los
partidos renunciaron a maximalismos con el objetivo de dar a España una
Constitución y que se pudiera consolidar la democracia. También el Partido
Comunista de España (PCE). Por eso Albert Rivera, en su intervención en la
sesión de investidura del viernes 4 de marzo, cargó contra Pablo Iglesias:
“Ojalá se parecieran ustedes al Partido Comunista de la Transición”.
No resulta fácil imaginar a Podemos
en un Ejecutivo donde estuvieran el Partido Popular y Ciudadanos. Y mucho menos
que pudiera acordar una política económica común. El mantra de Carrillo
El 15 de junio de 1977 se celebraron
en España las primeras elecciones democráticas tras la muerte de Franco. La
misión de las Cortes era dotar a España de una Constitución que sirviera de
guía a los cambios que habían de producirse.
Con un Parlamento en el que UCD no
tenía mayoría absoluta surgieron las primeras voces para resolver los retos con
un Gobierno de concentración. Al frente de esta petición se encontraba Santiago
Carrillo, secretario general del PCE.
Pero no era el único. El senador
Joaquín Satrústegui, de la Plataforma Senadores para la Democracia, apostaba
por esta fórmula como la mejor herramienta para salir de la crisis económica. Y
también el socialista Enrique Tierno Galván, el monárquico José María de
Areilza, el ucedista Fernando Álvarez de Miranda y el democristiano Joaquín
Ruiz-Giménez, políticos de distinta ideología. Nada más celebrarse las elecciones del 1 de marzo de
1979, con la Constitución recién estrenada, Santiago Carrillo volvió a pedir un
Gobierno de concentración. Con casi dos millones de votos (el 10,77%) y 23
escaños, el PCE se afianzaba como tercera fuerza política, pero muy lejos del
PSOE (121 escaños). Como UCD no alcanzó la mayoría absoluta se habló incluso de
una hipotética coalición UCD-PSOE. Carrillo quería que el PCE participara en un
Gobierno de concentración democrática o como mal menor en una política de
coalición para hacer frente a un momento especialmente difícil, con una fuerte
crisis económica y con las demandas autonómicas a flor de piel.
Sirvan de broche unas palabras de
Carrillo en 1980: “Haría falta que esos partidos tuvieran un sentido más
profundo de la realidad nacional, tratando de poner remedio a los problemas de
modo solidario, en lugar de preocuparse prioritariamente por ir obteniendo un
conjunto de cotas desde el punto de vista electoral”. Parece que fue ayer.
COMENTARIO: Aquel
"Pacto", aquellos pactos, tuvieron lugar hace muchos años, y en una
ocasión histórica, que no volverá a repetirse, y ya no son necesarios más
pactos...
Lo que ahora se necesita es,
únicamente, simplemente, que el Parlamento funcione, y que los Ayuntamientos,
también... Suficiente...
Con detalle: en el Parlamento
(Congreso de los diputados) hay 350 ciudadanos. Procede hacer una matización muy
importante, que está fuera de todo populismo: hay 350 personas: diputados, y
diputadas, estas, en número importante. Es muy importante tener en cuenta este
dato para lo que diré inmediatamente.
El Parlamento merecerá tal nombre
cuando cada una de las 350 personas, cada una actúe, diga y vote, según su leal
saber y entender...
Y lo mismo, mutatis mutandis, para
los Ayuntamientos de concejales...
Mientras esto no suceda, no hay nada
qué hacer: todo lo demás huelga...
El "sistema legal" no es
malo, y está concebido para que las cosas funcionen así... pero no funcionan
por culpa de los partidismos políticos... Y, más indirectamente, por culpa de
los ciudadanos... tiene que adelgazar, considerablemente, los aparatos de los
partidos políticos... ¿Cómo? Con listas electorales promovidas por los propios
electores... Podría conseguirse, por ejemplo, que en la circunscripción
electoral CORUÑA, hubiese 4 diputados (la mitad) que no perteneciesen a partido
alguno. Y así en Asturias, León, Salamanca, Sevilla, Madrid, Barcelona...
Un Parlamento con la mitad de
diputados que no obedeciesen las consignas de ningún jefe de partido: sólo a su
propia conciencia...LA
RECORTA…


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