ALFONSO L. CONGOSTRINA: Los ojos le
lagrimean continuamente y mastica una a una todas las palabras. Sonríe con
vergüenza y con las manos cubre continuamente su rostro. Su nombre es algo
parecido a Laso: “Por favor, no lo escribas bien, me da mucha vergüenza que
alguien pueda reconocerme”. Laso es un hombre de 55 años, nació en Hungría y ha
trabajado en los mejores hoteles de medio mundo. Desde hace dos meses es uno de
los indigentes que duerme en los parques y cajeros de la ciudad de Barcelona. "Mi
casa es la calle, la misma por donde esta semana circulaban esas furgonetas
negras del Mobile Word Congresos”, sonríe.
La historia de Laso es la de una víctima rota por un
revés de la vida. Hoy sobrevive y lucha para salir del agujero donde se
encuentra. Sabe que le espera un trabajo en Londres pero necesita 200 euros
para llegar allí. Esta mañana había conseguido 45 euros gracias a que se ha
convertido en el primer profesor de inglés que da clases en bares y duerme en
cajeros automáticos.
“Trabajé en prestigiosos hoteles de la Costa Azul
francesa, seis años en Estados Unidos e incluso en lujosos mesones en Canadá”,
recuerda este camarero que tiene doble nacionalidad húngara y rumana. El pasado
verano se trasladó a Lloret de Mar (la Selva) donde prestó los servicios como
camarero. “Acabó la temporada y una persona me comentó que me podía ofrecer
trabajo en Bilbao pintando pisos; allí que fui”, lamenta Laso. Trabajó casi dos
meses pintando y no vio ni un céntimo por su trabajo. “Me estafaron y, lo peor,
gasté allí todo lo que había ganado en verano pagando la pensión, la comida y
el transporte hasta los pisos que pintaba”, reconoce. Laso, con muy pocos
céntimos en el bolsillo, se marcó entonces una meta: “Tenía que llegar a
Barcelona donde hay temporada turística todo el año y así podría trabajar”,
pero cuando puso los pies en a la gran capital catalana se dio de bruces con
una realidad fría.
“La primera noche que intentas dormir en un cajero
automático te das cuenta de cómo la vida pueda castigar, yo había dormido en
hoteles de cinco estrellas y ahora los hacía sobre unos cartones en la calle”,
lamentaba esta mañana. “En realidad no duermes, estas estirado pero tu cabeza
ya no funciona con normalidad, no recuerdas las cosas, no funcionas y así día
tras día”, afirma.
“A veces me daban algo de trabajo en algún restaurante
repartiendo flyers y a cambio me daban una pizza o un kebab”, Laso no acepta
limosnas “tengo mis brazos para trabajar”. Un día vio a alguien vendiendo
pañuelos de papel en un semáforo y copió la idea. Se colocó en la calle Diputación
de Barcelona en una zona muy próxima a la plaza España.
La semana pasada se cruzó con un joven motorista que
se ha convertido en el verdadero ángel de la guardia de Laso. Su nombre es
Diego Bernal, un joven de 22 años,: “Llevaba días viéndole, era un indigente
peculiar por que no se acercaba a los coches si nadie le reclamaba, un día le
llamé para ofrecerle dinero a cambio de nada”. No lo quiso. “Fue entonces
cuando decidí invitarle a un café, me contó su historia y pensé que podría
ayudarle”, asegura.
“Tengo un amigo en Londres en el Hotel Savoy y pueden
ofrecerme trabajo”, le confesó Laso a Diego. “Necesita 200 euros para el
billete de avión pero no quiere que se los preste quiere ganárselos es muy
orgulloso”, lamenta Diego. El joven ideó entonces un método que ya está dando
los primeros frutos. Laso habla perfectamente húngaro, rumano, inglés, francés
y español y pensé que podría dar clases de idiomas a siete euros la hora. Las
clases las imparte en dos o tres bares cercanos al parque Joan Miró. “Ya he
dado clase a dos chicas y el correo electrónico de Diego echa humo”, sonríe
Laso.
Laso da clases de conversación y escritura siempre
bajo la atenta mirada de camareros de origen asiático que en muchas ocasiones
no entienden muy bien lo que está pasando.
Laso y Diego eran dos desconocidos hace unas semanas
pero entre los dos han forjado una amistad. “Espero en una semana estar en
Londres”, asegura Laso. El indigente, pronto dejará de serlo, sueña con poder
trabajar duro y enviar a su madre algo de dinero. “Tiene 85 años y vive en una
residencia porque tiene Alzheimer, la última vez que la vi no me reconoció,
jamás sabrá que estoy en la situación que estoy”, se esperanza Laso. Esta noche
dormirá de nuevo en un cajero de la ciudad, no le gustan los albergues “he
visto cosas muy duras dentro”. Pronto estos dos meses en Barcelona habrán sido
sólo una pesadilla.
COMENTARIO: Así de dura es la vida dando bandazos a
diestro y siniestro, sin mirar tu pasado o si tienes estudios o carreras o doctorados,
está crisis nos han jodido a todos sobre todo a la clase media, quizás por
culpa delas malas políticas llevadas a cabo por políticas poco acertadas, con
recortes incluidos llevadas a cabo por políticos ineptos, pero desgraciadamente
es la puta realidad, pero lo chocante del caso es cuando asevera y dice en su
relato: "Esta noche dormirá de nuevo en un cajero de la ciudad, no le
gustan los albergues “he visto cosas muy duras dentro”. Pronto estos dos meses
en Barcelona habrán sido sólo una pesadilla. “Y las preguntas surgen en este
preciso momento”… ¿Dónde están los servicios sociales? ¿Por qué se siguen
utilizando un modelo de albergue que hace que los hombres (porque casi todos
son hombres los que duermen en la calle) prefieran vivir en la ella? Yo creo
que es una discriminación al varón por razón de sexo y una negligencia en el
funcionamiento de los servicios sociales. Solo me queda desearle
suerte.LA RECORTA…


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